Desarrollo positivo en la adolescencia

Una de las primeras tareas a resolver a la hora de construir un modelo de desarrollo adolescente positivo es definir las competencias que constituyen dicho desarrollo, y que, por lo tanto, pueden constituir objetivos a alcanzar por todo programa que pretenda la promoción del desarrollo adolescente. Educativamente, la pregunta es: ¿cómo y dónde se pueden adquirir los recursos, y la capacidad para ponerlos en práctica? Los tres agentes principales son la familia, la escuela, y la comunidad social.

La visión que los adultos tenemos de los adolescentes nunca ha sido demasiado favorable ya que la concepción de la adolescencia como una etapa conflictiva y problemática ha sido predominante en la literatura, la filosofía y la psicología a lo largo de la historia. Esta imagen tan sesgada hacia lo negativo ha propiciado que durante una gran parte del siglo XX la psicología de la adolescencia, al igual que muchos otros campos de las ciencias sociales y de la salud, haya estado dominada por un enfoque negativo centrado en el déficit y la patología, en el que el interés de investigadores y profesionales de la intervención se centró en el estudio de los factores de riesgo y en la prevención de las conductas problemáticas. Este interés ha tenido como resultado un avance importante en el conocimiento de las patologías más frecuentes durante esta etapa evolutiva, tales como la violencia, el consumo de sustancias o las conductas sexuales de riesgo, lo que sin duda ha sido muy importante de cara a su prevención y tratamiento.

adolescente_fotAunque hay que valorar muy positivamente este avance, la contrapartida ha sido el fomento de un modelo de intervención centrado casi de forma exclusiva en el déficit. Un modelo de características similares al modelo médico tradicional, que considera que la ausencia de problemas es un buen indicador de un desarrollo adolescente saludable. Así, un chico o una chica saludable es aquél que no consume drogas o alcohol y no se implica en actividades antisociales o en prácticas sexuales sin protección. Se trata de un vocabulario que es fiel reflejo de este modelo o paradigma centrado en el déficit, los riesgos, la patología y sus síntomas, y con escasísimas referencias a competencias, optimismo, expectativas de futuro o relaciones significativas. Es un modelo necesario pero insuficiente, ya que la reducción de factores de riesgo puede prevenir la aparición de problemas pero no lleva necesariamente a la promoción del desarrollo y la competencia personal.

A diferencia de ese modelo del déficit y la patología, el modelo de desarrollo positivo persigue el objetivo de promover la competencia personal, y tiene sus raíces en el modelo de competencia surgido a principios de los años 80 en el ámbito de la psicología comunitaria, o en las propuestas sobre la competencia social como un constructo adecuado para indicar un buen desarrollo en una etapa evolutiva determinada. Para este nuevo enfoque centrado en el desarrollo positivo, prevención no es sinónimo de promoción, puesto que una adolescencia saludable y una adecuada transición a la adultez requieren de algo más que la evitación de algunos comportamientos de riesgo, y precisan de la consecución por parte del chico o la chica de una serie de logros evolutivos. Así, el modelo adopta una perspectiva centrada en el bienestar, pone un énfasis especial en la existencia de condiciones saludables y expande el concepto de salud para incluir las habilidades, conductas y competencias necesarias para tener éxito en la vida social, académica y profesional.

Este enfoque emplea un nuevo vocabulario, con conceptos como desarrollo adolescente positivo, bienestar psicológico, participación cívica, florecimiento, propósito en la vida o iniciativa personal para referirse a los adolescentes que superan de forma exitosa esta etapa evolutiva. Unos conceptos que comparten la idea de que todo adolescente tiene el potencial para un desarrollo exitoso y saludable.

Cuando chicos y chicas crecen en un contexto rico en activos tendrán muchas posibilidades de desarrollar todas sus potencialidades y convertirse en adultos competentes que aporten su grano de arena para mejorar el mundo tan complicado en el que tendrán que vivir.

El modelo del desarrollo positivo adolescente, además de definir las competencias que configuran un desarrollo saludable, persigue el objetivo de identificar los factores que promueven dichas competencias, por lo que lleva asociado el concepto de recursos o activos para el desarrollo. Este concepto hace referencia a los recursos personales, familiares, escolares o comunitarios que proporcionan el apoyo y las experiencias necesarios para la promoción del desarrollo positivo durante la adolescencia. Algunos de estos activos son internos, es decir, son características psicológicas o comportamentales del adolescente, como, por ejemplo, una alta autoestima, la responsabilidad personal, las expectativas de futuro o la capacidad para tomar decisiones. Otros activos son externos y se refieren a características de la familia, la escuela o la comunidad en la que vive el adolescente. Así entre los activos familiares, hay que destacar el apoyo parental, la comunicación, el control o supervisión y la promoción de la autonomía. Probablemente, estos son los activos que más importancia tienen para la promoción del desarrollo adolescente. Pero también hay activos relevantes en la escuela, como la vinculación con el centro, las relaciones positivas con alumnado y profesorado o la claridad de normas y valores que rigen la vida del centro educativo. Sin olvidar la importancia de algunas de las características del barrio o vecindario, como su seguridad, el control social ejercido por las personas adultas, o la existencia de actividades extraescolares en las que los jóvenes puedan invertir su tiempo libre. Cuando chicos y chicas crecen en un contexto rico en activos tendrán muchas posibilidades de desarrollar todas sus potencialidades y convertirse en adultos competentes que aporten su grano de arena para mejorar el mundo tan complicado en el que tendrán que vivir.

Alfredo Oliva Delgado, Doctor en Psicología y Profesor Titular del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla