El largo y curvo camino

Siempre he pensado que los Beatles expresaron en el mismo título de “The long and winding road” la esencia del quehacer educativo, que define, en efecto, un recorrido extenso y tortuoso, pero también hermoso e ilusionante. Lo mejor de este viaje, además, es que no lo hacemos solos, sino que lo recorremos juntos educadores y educandos, y por eso los primeros –familia y profesores– venimos obligados a compartir mapas, brújula, enseres y viandas.

Familia y profesores debemos ser conscientes de los riesgos y los retos derivados de una situación tan compleja como la actual y asumirlos de forma corresponsable, comprometida y solidaria. Desde hace unos cuantos años vengo proponiendo esta reflexión: no hay duda de que se ha avanzado en la dimensión práctica de los saberes y en el acceso inmediato al amplio universo del conocimiento, pero no es menos cierto que este avance también ha traído de su mano una menor ambición intelectual. Del mismo modo, y sin ceder al tópico de que cualquiera tiempo pasado fue mejor, parece igualmente evidente que la mira de los valores se ha desajustado un tanto, y esto puede verse en tres manifestaciones contra las cuales estamos empezando a reaccionar en buena hora: el aumento de la intolerancia a la frustración, la merma de la cultura del esfuerzo y la resistencia a aceptar y comprender el sentido recto de la norma.

charly-nijensohn-1Una triste consecuencia de estas manifestaciones es que la escuela y la familia se han distanciado, y lo han hecho por culpa de la una y de la otra sobre todo a partir de ese momento –a finales de los años ochenta según creo– en el que en España parecen coincidir dos fuerzas, o más exactamente dos fenómenos que en realidad implican una pérdida de fuerzas. El primero es cierta dejación de la autoridad y los límites en el seno de la familia, como si los elementos que apuntalan el deseable aumento de las libertades lo justificase. El segundo se refleja en una tendencia improductiva e incomprensible de una parte del profesorado a desatender o relajar la dimensión educativa de su tarea en beneficio de la mera transmisión de conocimientos, que no es, ya lo sé, un objetivo menor. Es el momento en el que el profesor de Matemáticas, por ejemplo, se sorprende a sí mismo aclarando a sus alumnos que su función no es educarlos, sino enseñarles Matemáticas. En esta pérdida de energía educativa de padres y profesores comienza a perderse un tiempo y un terreno preciosos. Renuncio a argumentar sobre algo tan obvio como que el profesor debe ser, por encima de todo y con todas sus limitaciones e imperfecciones, un modelo de vida y conducta para sus alumnos. El magisterio no se alimenta solo de la excelencia intelectual. El magisterio contamina e impregna, en las acepciones más nobles de estos dos verbos, y ahí está el amor pedagógico en el sentido que lo invocaban, por ejemplo, Eduard Spranger y Paulo Freire.

Por otra parte, cuando hemos querido recuperar el tiempo y el terreno perdidos nos hemos dado de bruces con dificultades muy difíciles de salvar, y ahora, paradójicamente, nos corresponde reivindicar aquellos aspectos que en un determinado momento de nuestra historia reciente fueron acaso percibidos como trasnochados y conservadores, como si pudiese justificarse que la sensatez, el respeto, la voluntad, la probidad, el autocontrol y la correcta administración de los afectos, irrenunciables en el largo y curvo camino de la educación, tuvieran que situarse a la izquierda o a la derecha de nada.

Es urgente que profesores y familias compartan el mismo camino en la misma dirección definiendo una comunidad educativa tejida con redes tan sólidas como el servicio mutuo, el afecto y la confianza.

Uno de estos aspectos, quizá el más afectado por el desencuentro entre familia y profesor, sea el de la aceptación de la autoridad de este último entendida no ya como su capacidad teóricamente connatural de demostrar sus valores y sus saberes (auctoritas), que es la que realmente define el ascendiente del educador profesional sea cual sea la etapa en la que ejerce, sino como la legitimidad que debería concederle la sociedad a la que sirve para llevar a cabo las funciones propias de su tarea con la comprensión y la consideración mínimas para ello (potestas), y cuando digo sociedad digo también, obviamente, el sistema educativo vigente. A juzgar por lo que veo en la profesión, el sistema no protege como debiera a sus docentes, que a su vez son cuestionados por las familias con más frecuencia de la deseable. De ahí que el centro, en tanto núcleo del complejo ecosistema educativo, no deba deponer nunca su misión radicalmente educativa (además de instructiva) sino que se esfuerce en apuntalarla reforzando su proyecto educativo con principios trascendentes que no tienen que ser únicamente comprensibles a la luz de una sensibilidad religiosa, sino de algo tan universal y tan compatible con la fe de cada cual como la ética civil, entendida en un sentido amplio.

Por todo esto es urgente que profesores y familias compartan el mismo camino en la misma dirección definiendo una comunidad educativa tejida con redes tan sólidas como el servicio mutuo, el afecto y la confianza. Solo así podrá entenderse la educación tal como la concebía Henry Adams: una fuerza capaz de reducir los obstáculos, de fortalecer la energía y de enseñar a la inteligencia a reaccionar, y esta reacción implica, desde luego, un compromiso de transformación del mundo.

Santiago López Navia

Doctor en Filología y en Ciencias de la Educación. Miembro del Consejo de Dirección de Trinity College Group y profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Internacional de La Rioja

imagen interna: © Charly Nijensohn
imagen externa: ©Gabriel Rud