Elogio de la pereza

En una sociedad como la nuestra, en la que saltamos de una actividad a otra sin cesar un solo segundo, empeñados en sacar el máximo rendimiento cada minuto de nuestro tiempo, escuchar la palabra pereza tiene connotaciones negativas. Por ello, pretender hacer una defensa de esta misma pereza, nos parece del todo impensable, pero lo cierto es que forma parte de la propia naturaleza humana como una forma de evitar gastar tiempo y energía en actividades que nos parecen poco productivas.

nubes_irenewirsingEl problema surge cuando la pereza se hace constante y los patrones de valoración sobre lo que es útil o merece la pena se vuelven tan amplios que nos impiden aprovechar muchas de las oportunidades que se nos presentan en la vida. La falta de motivación, la sensación de incapacidad para afrontar las tareas, malas las experiencias previas o falta de recompensas son causas que pueden estar detrás de la pereza generalizada.

Pero hoy no hablaremos de ese tipo de pereza, la que nos incapacita para la vida diaria, sino de aquella que nos ayuda a evitar pasar todo el día ocupados en tareas autoimpuestas que carecen de verdadera importancia o urgencia, y que nos ayuda a llevar una vida más fácil. Porque sí, aunque parezca imposible, hay una pereza que es positiva y enriquecedora para el ser humano.

Decía, sin faltarle razón, Robert Heinlein que “no son los madrugadores quienes hacen el mundo progresar. Son los hombres perezosos tratando de encontrar maneras más fáciles de hacer las cosas”. Nadie hubiera inventado el mando a distancia si detrás no hubiera habido personas dispuestas a pagar un buen dinero por él con tal de no desplazarse dos metros para cambiar de canal. Esta sería la primera y fundamental razón para defender un cierto tipo y grado de pereza. En la naturaleza humana está la disposición innata para hacer lo mínimo, en el menor tiempo posible y con el mínimo desgaste. Detrás de esta predisposición sin duda están muchos de los avances de la historia que han permitido al ser humano volverse sedentario (y no salir a buscar alimento cada día de forma itinerante), evolucionar y reducir el tiempo dedicado a las actividades básicas y de subsistencia en beneficio de otro tipo de actividades de índole cultural, social, creativa y relacionadas con el ocio.

Paradójicamente este proceso evolucionó durante siglos hasta llegar a la sociedad actual, en la que nuevamente vemos como los seres humanos invertimos gran cantidad de tiempo en cubrir nuestras necesidades más básicas; ya no buscando alimentos, si no trabajando una gran cantidad de horas para poder comprarlos, con el consiguiente detrimento en el número de horas que tenemos para disfrutar de otras actividades más placenteras, enriquecedoras y más propiamente humanas, como compartir tiempo con nuestros congéneres. La pereza – además de buscar atajos de eficiencia – permite a nuestro cerebro descansar, reflexionar, imaginar, crear…Porque cuando hablamos de pereza, especialmente la física, no siempre va unida a la inactividad absoluta. De hecho lo normal es que, cuando nos mostramos perezosos, estemos sustituyendo una actividad que se considera como una obligación o responsabilidad, por otra de menor valor aparente, pero más atractiva en ese momento, como pueda ser permanecer tumbados en el sofá.

Un nivel razonable de pereza puede volvernos incluso más productivos

Esta otra característica de la pereza sería la segunda razón más importante para defenderla. Y puesto que la pereza puede relacionarse facilmente con el aburrimiento – ya que puede ser su causa o su consecuencia – defendemos la importancia de aburrirse de vez en cuando, de aprender a tolerarlo y valorar las cosas positivas que puede proporcionarnos. Los investigadores del proyecto Pereza Productiva han llegado a la conclusión de que un nivel razonable de pereza puede volvernos incluso más productivos. Todos hemos experimentado en alguna ocasión como después de horas, días o semanas intentando resolver una cuestión, la solución aparece por sí sola cuando dejamos de buscarla y nos relajamos. El hecho de resolver problemas durmiendo o de forma inesperada es tan habitual que se ha convertido en un tema serio de investigación a nivel de psicología cognitiva. Lo que sí parece claro, a la espera de saber qué es lo que realmente ocurre, es que un nivel extremo de saturación mental no nos ayuda a ser productivos, ni resolutivos y mucho menos a ser felices. Esos pequeños ratos de pereza, en que nos abstraemos y relajamos pueden ser nuestra mejor arma no solo para ser más felices si no, incluso, para dar lo mejor de nosotros mismos.

Dediquemos este tiempo a hacer un poco más lo que nos apetece – incluso si eso supone no hacer nada-  y permitamos a los que nos rodean disfrutar de la misma forma.

Ahora que nos encontramos en pleno verano y disfrutamos – o esperamos hacerlo en breve- de unas merecidas vacaciones nos gustaría defender el valor absoluto de la pereza durante esta época estival. Para algunos de nosotros, la pereza es absolutamente contraria a nuestra manera habitual y natural de actuar, pero debemos ser conscientes de la importancia de saber relajarse y atreverse a re-descubrir lo importante que es dejarse llevar por la pereza de vez en cuando, de permitirnos no ser tan diligentes, responsables y exigentes todas las horas de cada día del año.

Nuestra vida lo agradecerá y la que aquellos que nos rodean también. Es un buen momento para relajarse a todos los niveles, y quizá también de suavizar un tanto las normas, las obligaciones y las responsabilidades. Dejar que la pereza nos ocupe a ratos y dejemos de obsesionarnos por la utilidad y rentabilidad de cada momento.  Como padres, relajarnos en ciertos aspectos, como los educativos o académicos, puede resultar difícil, pero es conveniente darse cuenta de que también es necesario. Las vacaciones son para todos y, cuando hemos cumplido con nuestras tareas durante todo el año, lo que necesitamos es disfrutar y “cambiar el chip”. La vida familiar, si no se desmadra, se enriquece de estos ritmos más relajados, y permite explorar ideas y actividades abandonadas durante el año.

No me queda más que desearos unas buenas vacaciones y desearos que alarguéis la mañana en un desayuno pausado en la terraza, paseéis de forma relajada sentándoos cuándo y dónde os apetezca sin hora  y lugar que nos fuerce a caminar acelerados, disfrutéis de una buena siesta y que, por supuesto, todo esto lo hagáis en compañía de las personas a las que queréis y que os enriquecen porque disfrutaremos más de la pereza si la compartimos con aquellos que más queremos.

Imagen externa: creative commons – Bridgman_Frederick_Arthur “The_Siesta_Afternoon_in_Dreams”