Cómic: con C de Cultura

Cómic, tebeo, historieta…aunque la percepción hacia esta forma de narración que combina texto e imágenes han cambiado mucho durante las últimas décadas, el cómic aún es considerado por una gran parte de la sociedad como un producto de ocio masivo y barato, principalmente orientado al público infantil y juvenil. Una lectura fácil, para pasar un rato entretenido y divertido, sin mayores pretensiones. Para los que nos hemos criado leyendo a Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón o Superlópez, nos parece normal que no se considere a los tebeos a la altura de expresiones culturales como la pintura, el cine o la literatura.

Lo cierto es que con el nacimiento (o renacimiento, según algunos especialistas) de la novela gráfica – un tipo de cómic más artesanal y dirigido a un público adulto – esta forma narrativa está alcanzando un nivel que lo sitúa en el centro de la cultura actual, entendiendo ésta como “el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico” (RAE) o “reflexionar sobre sí mismo y, a través de ella discernir nuevos valores y buscar nuevas significaciones” (UNESCO).

comic_1sergioski1982Es posible que el prejuicio de considerar al cómic como un producto de ocio dirigido a un público poco exigente, todavía tan extendido, tenga su base en el propio nacimiento del medio. El comic, tal como lo conocemos, evolucionó a partir de finales del siglo XIX, cuando algunos de los principales periódicos norteamericanos empezaron a introducir tiras cómicas en sus ediciones dominicales. Los temas que se trataban en estos suplementos cómicos giraban alrededor de la vida callejera de las nuevas mega-ciudades, y muchos de ellos, publicados durante décadas, tuvieron como protagonistas a niños – desde el pionero Yellow Kid al más aburguesado Buster Brown – y “aunque eran leídos por toda la familia, y dirigidos a la totalidad de sus miembros, la incidencia en los niños protagonistas irá escorando de forma decisiva el medio hacia el público infantil”. (Santiago García, 2010, 66).

Aunque algunos estudiosos de la historia del cómic sitúen sus antecedentes en el siglo XV, con la publicación de hojas sueltas que combinaban texto e imágenes con fines propagandísticos o religiosos, y otros consideren a Rodolphe Töpffer – educador suizo que dibujó para sus alumnos numerosas estampas con una clara vocación humorística y caricaturesca y que fue alabado por el propio Goethe – como el “padre del cómic”, lo cierto es que los tebeos – historias secuenciales en las que se combinan dibujos y bocadillos de diálogo –  se popularizaron al mismo tiempo que otro medio, el cine, al que quedó de alguna forma, ligado. A partir de la década de 1930, con la introducción del sonido en el cine, el cómic se incluye en “el paisaje de la imagen móvil, sonora y mecanizada […] y quedará señalado, pues, durante todo el siglo XX, no como una sub-literatura o una literatura menor, sino como anti-literatura” (Santiago García, 2010, 71).

Otra razón por la que la concepción del comic como anti-literatura ha llegado hasta nosotros con tanta fuerza está relacionada con su difusión en los medios de masas, en la prensa de ocio y entretenimiento que llegaba a cientos de miles de personas. Porque lo que podría considerarse como el antecedente de la actual novela gráfica, ya surgió durante las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado. Las llamadas picture novels fueron los primeros libros en utilizar exclusivamente la imagen para  contar historias más o menos largas. Estos libros, ilustrados con técnicas artesanales de grabado (xilografía y litografía, especialmente) y sin ningún tipo de apoyo textual, tuvieron bastante éxito en su época, pero su aparición lejos de los medios de masas, redujo su influencia en la evolución del cómic, y provocó que hoy resulten desconocidos para una mayoría de público. Autores como el belga Frans Masereel, cuyos libros tenían un fuerte contenido político y una crítica feroz a las desigualdades sociales de la época, o el norteamericano Lynd Ward, que dedicó algunas de sus obras a reflejar las consecuencias sobre la población más desfavorecida de la Gran Depresión, obviamente no estaban dirigidos a un público infantil, sin a un público adulto y además, culto.

Quedará señalado, pues, durante todo el siglo XX, no como una sub-literatura o una literatura menor, sino como anti-literatura

La evolución de los suplementos cómicos de los periódicos hacia los tebeos de aventuras y de fantasía como Tarzán, Flash Gordon o el Príncipe Valiente empezaron a orientar al cómic hacía el público juvenil. Junto a los tebeos, cuadernillos grabados que se vendían en los quioscos a un precio asequible para los niños, estaban los pulps, novelas populares de ficción de género – aventura, western, crimen, misterio o ciencia-ficción – que terminaron de alejar al cómic de la vida cotidiana y dieron lugar a uno de los paradigmas del medio: las series de superhéroes, que llevaron al cómic a convertirse definitivamente en un medio de masas dirigido específicamente a los niños, y no especialmente bien visto por los adultos que les rodeaban.

En España, el tebeo alcanzó su época de esplendor durante la posguerra; desde entonces y hasta finales de los años 60, los tebeos fueron una lectura barata, especialmente consumida – y producida – por las clases populares, ya que solía alquilarse en quioscos y establecimientos de barrio. Aunque las revistas de historietas estaban dirigidas a un público familiar, la proliferación de tebeos de aventuras – Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz, Diego Valor, etc.- y de revistas de humor como el Tio Vivo, el TBO, DDT o Pulgarcito, lo convirtieron en un medio especialmente dirigido al público infantil y juvenil. Durante esta época dorada nacieron tiras de humor tan famosas y perdurables como Rue, 13 del Percebe, Rompetechos, Pepe Gotera y Otilio, y los archiconocidos Mortadelo y Filemón de la mano de Francisco Ibáñez, o Zipi y Zape y Carpanta de la mano de Escobar, entre muchos otros. Sin embargo, la dura censura a la que estaban sometidas las publicaciones, que llegó a prohibir la edición de los tebeos de superhéroes, acabó derrumbando el mercado. Y si bien, algunas de ellas siguen publicándose en la actualidad en formato libro, las revistas periódicas de humor para el público infantil y juvenil fueron dejando paso a otros formatos, que en la actualidad se encuentran más relacionados con el medio televisivo que con cualquier otro.

Joe-Sacco-Footnotes-in-Gaza-18Alrededor de los años 80, tras la muerte de Franco y con la recuperación del cómic de autor, se fue desarrollando una cultura reinvindicativa del medio y un replanteamiento cultural. Aparecen los primeros estudios sobre esta forma de narrativa gráfica y revistas como el Tótem, el Víbora, Cimoc, El Cairo o El Jueves. Estas publicaciones permitieron adaptar los diferentes géneros – terror, ciencia-ficción, fantasia, erótico – al mercado nacional. Su evidente tono satírico, en ocasiones, y su relación con el cómic underground y alternativo internacional, si bien acercaron al cómic de manera definitiva al público adulto, no hizo lo mismo con el mundo de la cultura convencional, a pesar de que fue durante esa época cuando se crearon los primeros salones del cómic, como el de Asturias (1972) y el de Barcelona (1980), que hoy en día, reunen a cientos de miles de visitantes.

Durante años, el cómic siguió desarrollándose y evolucionándo al margen de la cultura convencional. Ya no era una lectura para niños y jóvenes, pero se convirtió en una lectura para friquis y “alternativos”. A pesar de que ya existían grandes obras en el mundo del cómic, especialmente fuera de nuestras fronteras, quizá fue el premio Pulitzer obtenido por la novela gráfica “Maus” de Art Siegleman en 1992, en la que se trataba el Holocausto, el punto de inflexión para que se empezara a considerar el cómic como una de las Bellas Artes, y pudiera, por fin, apreciarse como una expresión cultural de la talla de la literatura. En este país, tantas veces por detrás en materia cultural, el Ministerio de Educación y Cultura esperó hasta 2007 para crear un Premio Nacional de Cómic, que reconozca la trayectoria y el trabajo de los magníficos dibujantes y guionistas patrios, como Paco Roca, Alfonso Zapico y Miguelanxo Prado.

Pero no es un premio nacional lo que convierte a una obra en parte de la cultura, sino el trabajo de autores que estan poniendo sobre el papel cuestiones actuales e históricas, temas políticos, financieros y sociales o revisitando y dando una nueva luz a los clásico. Junto a la más pura ficción, empezaron a aparecer cómic como “Persépolis” historia autobiográfica de Marjane Satrapi o las crónicas de guerra de Joe Sacco (Palestina, Gorazde, Sbrenica, La I Guerra Mundial). Escritores en principio ajenos al medio que han sucumbido al placer de ver dibujadas sus palabras, como Michel Onfray, filósofo francés que ha escrito el guión de una estupenda biografía de Nietzsche, o el ex-periódista de Liberation, Denis Robert, juzgado por haber sacado a la luz el escándalo Clearstream, que ha realizado junto con el dibujante Laurent Astier, una trilogía para denunciar los paraisos fiscales y la conexión del poder financiero con las mafias alabada por expertos en el tema como Roberto Saviano o el juez Garzón. En este país, la novela gráfica “He visto Ballenas” de Javier de Isusi, explora el tema vasco, haciendo referencia a ETA y los GAL, y Miguel Brieva no deja títere con cabeza al criticar la sociedad de consumo que habitamos. Son sólo unos pocos ejemplos del nuevo cómic. Por supuesto, y afortunadamente para los que creemos que la combinación de imagen y palabra crea un discurso diferente al de la literatura y el cine, un lenguaje propio donde todavía queda mucho por descubir, hay muchos más.

Imagen exterior: © Tang Yau Hoong / Imagen interna: © Joe Sacco