Filosofía para niños

Los niños tienen sus propios problemas, sus propios intereses, y los talleres de filosofía les sirven para hablar de ellos, aclararlos o, por lo menos, sentirse profundamente interesados.

up5_vivir_mafalda_filosofia‘Filosofía’ parece una palabra tremenda, oscura como un bosque, o grande como una montaña. A todas luces excesiva para relacionarla con la infancia. Pero no es así. Los niños son filósofos espontáneos, sin saberlo. La filosofía es un afán ilimitado de conocer, una curiosidad insaciable. Los griegos, que inventaron la palabra, sabían lo que hacían. Al conocimiento serio, consolidado, aprendido, bien fundamentado, lo llamaban sofía que quiere decir sabiduría. A los que solamente buscaban el saber, a los curiosos impenitentes, a los que amaban el pensamiento, a los detectives que seguían las pistas, los llamaron filo-sofos. Son los que hacen preguntas sin parar. ¿Qué es esto?¿Por qué es así?¿Por qué digo que es así?¿Cómo lo sé? Los padres conocen por propia experiencia que los niños a partir de los tres años son interrogadores incansables. Hacen preguntas en cascada que a veces ponen en aprietos a sus progenitores.  “¿Por qué tienen cuernos los toros?”.“Para defenderse”. ¿Y para qué se defienden?” ,“Para sobrevivir si les atacan”. ¿Y para qué quieren sobrevivir?”. Al llegar aquí, lo más probable es que el padre o la madre, se quede perplejo y responda: “Pues porque sí”, o algo parecido. Pues bien, el filósofo intenta responder a esas preguntas tan complicadas, tan poco útiles, tan infantiles y tan necesarias.

Hemos de tener en cuenta, sin embargo, que en cada edad el niño espera una respuesta. Al principio, a los tres años, el niño, fundamentalmente, quiere hablar, jugar con las palabras, mantener el diálogo, exponer como pregunta lo que a él mismo le intriga o lo que le da miedo. A veces se contenta con que le contestemos con otra pregunta: ¿Y tú por qué crees que es? Pero poco a poco pide una contestación más adecuada, se hace más crítico. Y debemos aprovechar su curiosidad y su insistencia como una gran oportunidad para educarle.

El afán de hacer preguntas es una maravillosa característica de los niños, y también de la especie humana. Somos curiosos, necesitamos explorar, nos atrae lo que hay más allá del horizonte. Y debemos fomentar en nuestros hijos ese gusto por explorar, averiguar, conocer. La escuela debe esforzarse en no ahogar este interés, debe fomentar la actividad mental del niño, su actitud indagadora. Y con mucha frecuencia, sobre todo cuando comienzan a estudiar asignaturas con programas muy estructurados, el afán por que aprendan lo que nosotros creemos necesario que aprendan, agosta en ellos esa curiosidad inicial. Suelo contar a mis colegas la historia de una niña negra, estudiante de una escuela en un suburbio americano, a quien el profesor pregunta: “Vamos a ver, Amy, ¿cuántas patas tiene un artrópodo”. Y la pobre niña, cariacontecida, le contesta: “¡Ay, señor profesor! ¡Ojalá tuviera yo los mismos problemas que usted!”. Los niños tienen sus propios problemas, sus propios intereses, y los talleres de filosofía les sirven para hablar de ellos, aclararlos o, por lo menos, sentirse profundamente interesados.

 Debemos aprovechar su curiosidad y su insistencia como una gran oportunidad para educarle.

Por ello, desde hace años, la filosofía se ha introducido en la escuela en muchos países, y con gran éxito. Especial interés tiene el programa elaborado desde finales de los años sesenta por Matthew Lipman,  un profesor de universidad americano, y sus colaboradores, que se utiliza en miles de centros. El procedimiento es sencillo. Se hace leer a los niños un cuento especialmente escrito con este fin, se les plantea una pregunta y se les anima a hablar: ¿Qué es un amigo? ¿En qué se diferencia una manzana imaginada de una manzana real? ¿Qué es pensar?¿Para qué sirve la escuela? ¿Qué es la injusticia? Los adultos, que muchas veces pensamos que esas preguntas no van a interesar a los niños – estoy hablando de niños de hasta 6-7 años- nos quedamos con frecuencia sorprendidos al ver el apasionamiento con que intervienen, y las estupendas cosas que dicen.

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Los niños aprenden a discurrir, a debatir sobre un tema, a expresarse, a distinguir lo que es un argumento de lo que es una mera opinión, a ponerse en el lugar de otro. En muchas ocasiones los maestros pueden aprovechar esos debates para resolver problemas surgidos entre los niños, incomprensiones, rechazos, aislamientos. En estos momentos en que las escuelas se están volviendo heterogéneas y multiculturales es una gran herramienta para el conocimiento mutuo, para erradicar prejuicios y para fomentar la amistad.Y todos estos hábitos resultan extremadamente valiosos. Tal vez los niños, que son pequeños genios, se den cuenta de todas esas ventajas y de ahí derive el interés que demuestran por los talleres de filosofía. Como muestra copiaré las respuestas a una encuesta hecha a niños de 6 años:

Leticia: Me gusta mucho el taller de filo porque se discute, se aprenden cosas, se aprende lo que una palabra quiere decir, y se habla.

Gregorio: Hablo del taller con mi mamá, le hago preguntas, y ella también me las hace; después decimos algo y pensamos juntos. En el taller aprendemos palabras.

Lorenzo: Me gusta mucho hablar, disfruto hablando, pero no sé si digo cosas inteligentes o no.

Maud:Yo no hablo mucho de eso en casa. Hablé al principio, pero a mi papá no le interesó. Me dijo que no tenía tiempo para esas cosas.

En esa encuesta se leen respuestas deliciosas. La maestra pregunta: “¿Se puede hacer filosofía solo?” Dunia responde: “No, en filo hace falta discutir. No se puede hablar uno a sí mismo”. Silver responde: “Yo, a veces, hablo en mi cabeza”.

El afán de hacer preguntas es una maravillosa característica de los niños, y también de la especie humana.

Introducir la filosofía para niños en la escuela me parece una gran idea. Proporciona una eficaz herramienta  educativa que ha sido probada con éxito en muchos lugares y desde hace muchos años. Recomiendo ver la película “Solo es el principio” que refleja la  importancia de la educación y de aprender a pensar, a través de un proyecto educativo en el que se introducen clases de Filosofía para niños de 3 y 4 años. Los niños protagonistas de este curso de filosofía comentan en clase lo que piensan acerca de temas como el amor, la libertad, el pensamiento y la muerte. En su día a día, vemos como van aprendiendo a escucharse unos a otros y a reflexionar cada vez mejor.

Sería estupendo que los padres colaboraran. No deben olvidar que sus hijos están deseando aprender, hablar, sentir que dominan la situación, jugar con las palabras, dialogar con ustedes. En una palabra: están descubriéndose a sí mismos y al mundo. Eso es lo que, en el fondo, estamos haciendo los filósofos toda nuestra vida.

Solo es el principio, Filosofía para niños