Hedonismo: la aritmética del placer

Todos hemos escuchado críticas a la sociedad actual tachándola de frívola y hedonista, asociando el hedonismo con superficialidad, egoísmo y una idea de placer efímero y materialista. Sin embargo, el hedonismo es una concepción filosófica más rica y profunda que, en su momento, implicaba un estilo de vida austero y equilibrado.

up5_vivir_hedonismo_intEl Hedonismo fue fundado hace más de 2.400 años en la Grecia Clásica por un seguidor de Sócrates: Aristipo de Cirene (435-350 a.C.). Tomando como base la afirmación socrática de que la felicidad es uno de los fines de la acción moral, Aristipo propugnó que el placer (hedoné) es el bien superior. Alcanzar este bien supremo será el principal objetivo vital. El placer es un fin en sí mismo, no un medio para algo más, por tanto, la felicidad consiste en satisfacer todos los placeres de manera inmediata. Es decir, que toda decisión se resuelve siempre con la máxima: “la mejor opción es la que me reporte más placer”. Entre los distintos placeres, los corpóreos son preferibles a los espirituales por ser más intensos, aunque también se deben cultivar aquellos. La escuela Cirenáica consideró que la felicidad se logra al liberase de toda inquietud, y esto se consigue a través de la autarquía o autosuficiencia: la situación propia del sabio, que se basta a sí mismo para ser feliz. Esta rama filosófica no tuvo un largo recorrido y se descompuso en otras corrientes.

Una segunda oleada de hedonistas, con Epicuro (discípulo de Aristipo) a la cabeza, atemperó esta exigencia de placer inmediato y racionalizó la idea de placer como garante de la felicidad. Nos situamos en pleno Helenismo, una etapa que a nivel filosófico se preocupó por cuestiones pragmáticas (cómo vivir bien), centrándose en las recomendaciones éticas.

Para Epicuro de Samos (341-270 a.C.) existen otras formas de placer más allá del inmediato y sensual de sus predecesores. Él entiende el placer más bien como ausencia de dolor o de cualquier tipo de aflicción. Se distingue de ellos porque no busca un placer a corto plazo ni inmediato, sino un placer meditado, reflexivo, al que solo puede llegarse haciendo uso de la razón. De manera que no hay que dejarse llevar por lo que te apetece en cada momento, sino que hay que detenerse a valorar cada decisión, realizando un cálculo racional de las consecuencias que tendrán nuestras acciones y escoger aquello que nos vaya a ser más beneficioso a largo plazo. Su clave de la felicidad no es tan simple como elegir siempre el placer y rechazar el dolor (o lo que suponga un esfuerzo o sacrificio). Hay placeres que conllevan sufrimientos mayores, y los deberíamos rechazar, al igual que a veces tenemos que aceptar molestias que nos proporcionarán bondades mayores. Por eso los epicúreos ensalzan virtudes como el dominio de uno mismo y la prudencia.

La felicidad se construye mediante una aritmética del placer, que es posible porque previamente se analizan los tipos de placeres. Sin conocimiento previo y reflexión no podemos ser felices.

El Epicureísmo distingue entre placeres del cuerpo y del alma. La forma de placer más valiosa es la que no implican ningún dolor: los placeres puros. Estos no se pueden identificar con disfrutes momentáneos, sino que deben ser estados duraderos.

Epicuro clasifica los tipos de placeres o deseos, en lo que podría considerarse un esbozo de la célebre pirámide de necesidades de Maslow:

  • Naturales y necesarios: son las necesidades básicas como alimentarse, beber, abrigarse o sentirse seguro. Son relativamente fáciles de satisfacer.

  • Naturales e innecesarios: como la amistad, una buena conversación, la gratificación sexual o el arte.

  • Innaturales e innecesarios: fama, poder, prestigio…  Al no ser naturales ni necesarios, habría que rechazarlos completamente. Además, el placer o satisfacción que producen es efímero y pueden producir efectos adversos.

También formula algunas recomendaciones con respecto a estas categorías:

  • Debemos satisfacer los deseos naturales necesarios de la forma más económica posible. Todos los extremos son inconvenientes; el exceso de placer se convierte en vicio.

  • La mejor forma de satisfacerlos no es de manera egoísta o aislada, sino junto con otras personas.

  • Existen placeres que a la larga traen infelicidad, insatisfacción o contratiempos.

  • En ningún caso hay que arriesgar la salud, la amistad o la economía en la satisfacción de un deseo innecesario, pues esto solo conduce a un sufrimiento futuro.

No hay que renunciar a los placeres corporales, porque ningún placer es malo en sí mismo. Puede serlo el medio o la forma de conseguirlo. La clave está en saber ordenarlos y administrarlos de cara al bienestar físico y espiritual.

La razón juega un papel tan importante en nuestra felicidad: nos permite examinar de forma serena y cuidadosa nuestras decisiones antes de actuar.

En último término, son preferibles los placeres del alma (como la lectura o la amistad), antes que los del cuerpo, y una vida de moderación. Esta condición equilibrada y armónica se consigue mediante la ataraxia. La ataraxia es un estado espiritual similar a la superficie de un mar en calma, sin viento que lo agite. Consiste en mantenerse tranquilo e imperturbable, aceptando los problemas que escapan a nuestro control y dando prioridad a lo que nos aporta bienestar, por medio del desarrollo de la fortaleza de ánimo, la resistencia frente al dolor y las circunstancias adversas. Algo similar a lo que hoy en día conocemos como resiliencia, aunque esta amplía el concepto de ataraxia e incluye la capacidad de recuperación.

La noción de felicidad basada en el equilibrio que propone el hedonismo epicúreo no es ajena a la actualidad. Si damos un salto hasta el presente, descubrimos ideas similares.

Para el filósofo José Antonio Marina, “felicidad es la armoniosa satisfacción de tres grandes necesidades: el bienestar, la vinculación social y la ampliación de posibilidades”.

¿No sería estupendo que todos supiéramos enfrentarnos a la vida intentando que sus reveses nos afecten lo menos posible, centrándonos en lo que nos gusta, valorando lo que tenemos y con un talante positivo? Habrá quien diga que eso depende de la forma de ser de cada uno, que no puede cambiarse. En la Universidad de Padres pensamos que existen tres niveles de personalidad construidos uno sobre otro: la personalidad recibida o temperamento, que son los condicionantes con que nacemos; la aprendida, que vamos adquiriendo mediante la experiencia; y la personalidad elegida, el proyecto de vida que cada uno elabora a partir de su carácter y situación.

Podemos aprender una forma de ser que nos haga más felices.

¿Cuántas veces nos complicamos innecesariamente, le damos importancia a detalles insignificantes, nos agobiamos anticipando momentos e imaginando complicaciones? Si algo nos ha enseñado el avance de la sociedad actual, es que todo puede aprenderse. Aprendamos, pues, a forjarnos una personalidad resistente, un carácter positivo, a tener una actitud proactiva y vital, a gestionar las emociones negativas como el miedo, la angustia o la frustración. Enseñemos esto a nuestros hijos. Tendremos una vida más exitosa si cultivamos recursos como la alegría, la iniciativa, la resiliencia y la confianza en nosotros mismos. En definitiva, si aprendemos a aumentar nuestra capacidad de disfrutar de las cosas buenas y a minimizar el impacto de las negativas.

«Se cree que el hedonista es aquel que hace elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios»

 

(Michael Onfray, filósofo francés)

 

 

 

Imagen portada: Creative Commons Mendhak