Hablarle a los hijos de nuestra nueva pareja. Cómo ayudarles a que la acepten y viceversa

Dentro de unas semanas, con la llegada de las vacaciones, muchos padres o madres separados o divorciados compartirán las vacaciones con sus hijos. A muchos de ellos, vinculados a nuevas relaciones, se les planteará el dilema de tener que hablarles de su nueva pareja e, incluso, de compartir momentos cotidianos de ocio o convivencia juntos. En estos casos: ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a que la acepten y, asimismo, cómo lograr que nuestra pareja los acepte a ellos y se generen relaciones positivas?

No deseo escribir un artículo, sino contarles una historia. Un relato que nos permita comprender a sus personajes en el contexto de sus circunstancias y de sus actitudes. Me parece mejor que enumerarles una serie de recomendaciones generales y asépticas. Un cuento real como la vida misma, aunque cambiaré el nombre de los protagonistas por respeto a su intimidad. Aspiro a convertir la experiencia en una sencilla fábula con moraleja. Los lectores habituales de libros prefieren la literatura a los ensayos, aunque cada género tiene su función en la sociedad del aprendizaje.

Él se llama Juan, tiene 40 años, vive en Madrid y trabaja de programador informático. Ella se llama Helena, va a cumplir 35 años, valenciana y licenciada en Filología Española, actualmente en paro. Se conocieron en un momento difícil de su vida. Ambos se divorciaron dos años antes de conocerse pero atravesaban aún ese complejo momento de duelo en el que no se han cicatrizado las heridas de una relación anterior y ya se busca a otra persona entre la inseguridad y el deseo, entre la desesperanza y la necesidad de reilusionarse, entre la frontera difusa de aspirar a querer y a ser querido. Un encuentro casual, un libro de poemas comprado en la cuesta de Moyano y un paseo por el parque de El Retiro de Madrid pusieron la escenografía ideal para que saltara la chispa entre ellos. A mitad de junio hará un año de aquel momento, llevan pues ya doce meses de relación, un año idílico. Como saben los lectores –porque lo hayan experimentado o por lo que la ciencia explica– en la primera fase del enamoramiento se rebosa de alegría bajo el influjo de la dopamina y de otras estimulantes anfetaminas. Es la neuro-química del amor.

Tanto Juan como Helena tenían hijos respectivos de sus anteriores parejas a los que aún no habían contado su nueva relación. Él, un hijo cariñoso, curioso e impulsivo, Lucas, de 7 años. Ella, una hija adolescente, introvertida y algo rebelde a tenor de su indumentaria, Lucía, de 13 años. Este verano supondría un reto para ambos: presentarse al hijo o a la hija del otro respectivamente como pareja, conocerse todos y compartir quince días de agosto de vacaciones, juntos, en Canarias.

up5_ruta_Amateur_criticMe consta que, dos años antes de esta situación, tanto Juan como Helena aplicaron bien los consejos que ofrecemos psicólogos y pedagogos de cómo explicar a los hijos la ruptura matrimonial de sus anteriores cónyuges. Los niños deben saber que las parejas pueden dejar de amarse, separarse como marido y mujer, pero que nunca se puede cambiar de hijos, porque el vínculo parental no es sólo genético, sino que se refuerza a través del amor incondicional y supone un compromiso para siempre. Pero, ahora, sentían la necesidad de contarles su nueva relación de pareja, porque la entrada de actores en este capítulo de sus vidas, suponía la configuración de una más que posible recomposición familiar. 

Si pudiéramos detener la proyección del relato tendríamos que hablar con cada protagonista de la pareja, de forma individual, en un aparte, y preguntarles por su relación, si la consideran consolidada y estable, y si están seguro o segura de que la nueva pareja se forja con una firme voluntad de permanencia. Incluso, aún así, mi consejo a Juan y a Helena sería que esperaran para presentarse ante sus respectivos hijos. Si los chicos se encariñan con la nueva persona y la relación se rompe, alejándose de ellos, pueden volver a tener un sentimiento de pérdida, por tanto es mejor estar seguros de que la relación es firme y estable antes de dar este paso.

¿Se equivocarán los protagonistas de nuestra historia?

En la Escuela de Parejas de la Universidad de Padres recomendamos prudencia porque todas las decisiones importantes que se toman en la fase de enamoramiento –periodo que dura entre dieciocho meses y tres años como máximo– pueden ser prematuras y arriesgadas, por estar ambos bajo el influjo de ese grado de felicidad y subjetividad neurológica resultante de la dopamina y otras endorfinas.

También les recordaríamos que el amor, según el gran especialista Robert J. Sternberg, es como el equilibrio de un triángulo equilátero, donde se armonizan tres elementos claves: pasión, amistad y compromiso. Y, además, como nos enseñó Aaron Beck, “con el amor no basta”, porque debemos aprender a comunicarnos con empatía y mensajes positivos, a respetar la autonomía de cada cónyuge, a saber cooperar y convivir, a tener la habilidad de resolver los conflictos inevitables de la vida cotidiana, y a saber disfrutar del ocio compartido junto con los hijos.

El amor exige generosidad, sensibilidad, aprendizaje y cuidado permanente.

Ahora se trataba de eso, de compartir unas posibles y maravillosas vacaciones juntos, cuando –según ellos– ya había pasado un tiempo prudencial de sendas rupturas. Pero los niños suelen sentirse celosos de las nuevas parejas de sus padres tras el divorcio. Por eso, Juan y Helena lo planificaron bien. Sabían que tanto Lucas como Lucía podrían sentirse inseguros porque todos los niños, en estas circunstancias, tienen la tentación de pensar que su padre o su madre quieren más a su nueva pareja que a ellos. Por tanto, debían mostrarse comprensivos, sensibles a sus sentimientos, decididos a transmitirles todo el cariño posible, y decirles que el cariño a un hijo o a una hija es diferente, porque son dos tipos de amor distintos y realmente compatibles, que no debían preocuparse. El corazón de una persona, buena y generosa, es inmenso, y tiene amor para todos y cada uno de sus hijos, para su pareja y para sus amigos.

Un cuidado proceso en varios tiempos

  1. Primer tiempo: Cada uno se reuniría con su propio hijo. Helena preparó un ambiente adecuado al gusto de su hija, para que ella estuviese relajada y de buen humor. Fueron al cine, y tras dar un paseo, durante una merienda agradable en un lugar tranquilo, le explicó sus sentimientos con respecto a Juan y su relación con él. Decidió no abrumarla con excesos. Le explicó de forma sencilla que estaba realmente enamorada de él. Le dijo su nombre, en qué trabajaba, donde vivía y el hijo que tenía de otra relación anterior. Le transmitió confianza y seguridad, estuvo atenta a las emociones que despertaba en ella, la invitó a expresar cómo se sentía y facilitó la comunicación facial y corporal, a través de la mirada y las expresiones de su rostro, cogiéndole las manos. Nada ni nadie las separaría, pero sus vidas podían ampliarse con la relación de Juan, porque le parecía un hombre maduro, cariñoso y responsable. Juan, por su parte, eligió visitar con Lucas el planetario de la ciudad, siempre dijo que de mayor quería ser astronauta y, a la salida, durante la merienda, le contó que había conocido a una mujer y que estaba enamorado de ella. Se sorprendió con la respuesta de su hijo, porque le pareció más mayor. Reaccionó tranquilo, tan espontáneo como despreocupado. “¡Qué bien! ¿Tiene hijos?”, le preguntó. Y más sorprendido se quedó cuando, tras decirle que tenía una chica de trece años, le respondió como un niño, ahora sí, de siete años: “mejor que sea chica, así no tendré que compartir mis juguetes con ella”.
  2. Segundo tiempo: favorecieron encuentros parciales para darse a conocer al hijo o hija del otro. En principio, organizaron una comida de fin de semana en casa de Helena, para que Lucía, conociese a Juan. Él ya tenía interés en conocerla personalmente porque, desde el principio de su relación, quiso saber quienes eran las personas importantes en la vida de su amada. Era familiar y sabía que amar a alguien implica querer a sus hijos y a su familia cercana. Es lo que yo llamo la ‘ley transitiva del amor’. Para él también era muy importante conocer la actitud de ella como madre con respecto a Lucía, porque el grado de madurez de una persona también se mide por el modo en que habla o trata a sus propios hijos. Dado que sabía ya tantos detalles de Lucía, estaba preparado para aceptar su carácter introvertido, su natural rebeldía propia de este período de la adolescencia. Y se cuidó de no bromear con ciertos temas adolescentes sin herir su sensibilidad. Pero sí podría preguntarle por sus gustos musicales, su afición a la lectura y al cine, estimulando una zona de conversaciones posibles, sin esperar mucho de la primera ocasión de encuentro. La velada fue muy bien, una cálida comunicación fue suficiente para saber que había entrado en este hogar familiar con buen pie. Otro sábado volvieron a comer, ahora en casa de Juan, con su hijo Lucas, teniendo como invitada especial a Helena. El pequeño estaba nervioso, por eso el padre le pidió que le ayudara a decorar la habitación, a poner la mesa y las flores que tanto le gustaban a ella en un jarrón, tras el que Lucas puso una patrulla de muñequitos piratas de playmobil, quizás para sorprenderla. Juan supo crear el ambiente adecuado pensando en ambos. Puso la música que le gustaba a su hijo, notas alegres con sonrisas implícitas, dejó que se cansara bailando, pero en el aire quedó el eco de la felicidad compartida. También supo crearle unas expectativas positivas que Helena sabría colmar porque era muy afectiva con los niños y porque sorprendería al pequeño con algún libro sobre viajes espaciales o mundos submarinos. Todo fue mucho mejor de lo imaginado. Para conocer a las personas hay que acceder a ellas por la apreciación de sus mejores cualidades.
  3. Tercer tiempo: Un encuentro de todos en la naturaleza. Ahora tocaba superar el tercer nivel de este proceso de aproximaciones. Realizaron una excursión a la Sierra de Madrid para que los chicos se conociesen en un día especial, inmersos en el descubrimiento de la naturaleza. Los adultos, conscientes de la importancia de este primer encuentro de todos, pusieron su atención en la organización y en el reparto de responsabilidades de sus hijos. Lucas llevaría su lupa, su cámara y un cuaderno de campo de naturalista para anotar. A Lucía se le brindó la oportunidad de realizar con el móvil de la madre la grabación de vídeo de los momentos más significativos del día. Se hizo cargo sin mucha pasión, pero se motivó cuando supo que podría hacer ella misma el montaje con música y secuencias, como una pequeña directora de cine. Los padres se responsabilizaron de la ruta y de la merienda. No eran chicos difíciles, no parecían sentir celos el uno del otro, ni trataron de aparentar lo que no eran. Dejaron fluir los acontecimientos, funcionó la conexión emocional y el día de convivencia resultó una aventura de éxito.
  4. Cuarto tiempo: Encuentros progresivos y final con vacaciones. Después de aquel se sucedieron algunos encuentros esporádicos y se habló mucho y con naturalidad, en positivo, de unos y de otros. Las vacaciones a Canarias ya eran posibles como proyecto de familia reconstituida, aunque no todos viviesen en la misma casa de forma continuada.

Juan y Helena habían tenido presentes los consejos teóricos básicos que se recomiendan en estos casos: se aseguraron de la estabilidad de su relación, planificaron los momentos oportunos para las presentaciones, se lo explicaron bien a sus hijos y los prepararon emocionalmente. Tanto uno como otro adoptaron posiciones responsables para saber que el papel de una madre o un padre biológico es irremplazable y el otro, siendo amoroso con el hijo ajeno, tendría un límite que no debería sobrepasar. Y, por último, crearon el clima adecuado para conversar y convivir. ¡Bien por todos y para todos!

Imagen portada: Creative Commons Lane Photograpy
Imagen artículo: Creative Commons Amateur Critic