Pasión por aprender: una movilización imprescindible

Me pide José Antonio, querido amigo y entusiasta compañero de viaje en la defensa pública del papel de la educación en la vigorización de nuestras sociedades, que escriba unas breves consideraciones para la revista Universo UP. Me anima participar en una campaña dirigida a despertar la “pasión de aprender” en todos los ámbitos.

up4_horizonte_esteban_int_fireleafMe dan carta blanca, como siempre, para aproximarme a este desafío, desde una perspectiva de mi elección. No es tarea fácil. Suelen pedirme que hable o escriba de tal o cual tema, que me ciña a un asunto candente, que aporte mi punto de vista sobre cuestiones educativas que tienen como referencia medidas inscritas en nuevas leyes o impulsadas por gobiernos y gobernantes. En definitiva, que sean mi pluma o mis palabras reactivas a disposiciones, reformas y declaraciones, habitualmente recogidas por los medios de comunicación y objeto de un dividido debate público sobre nuestro sistema educativo. Si bien parece inevitable asumir un permanente oleaje en nuestra querida educación española, no viene mal recordar que hay otra manera de hacer las cosas y que ejemplos como esta revista, la Universidad de Padres, mi propio trabajo en Sociedad y Educación, y otras tantas iniciativas socioeducativas contribuyen a construir una sensata y plural conversación pública sobre el mejor modo de convertirnos en una sociedad apasionada por aprender.

No me referiré al cultivo de esta pasión en el seno de nuestra educación obligatoria porque el hacerla despertar en los alumnos tiene mucho que ver, en muy buena parte, con la propia pasión del profesor, centro y pilar fundamental del aprendizaje. Y si la imitación es la mejor pedagogía, profesores que sean a la vez maestros y sabios estarán en condiciones de transmitir a sus alumnos que, si bien en la era digital donde sobreabunda la información y las herramientas tecnológicas nos acarrean imponentes beneficios, abren nuevas experiencias y modos de relación y facilitan a las naciones un rápido desarrollo económico, hay algo que es propio de la condición humana: el cultivo de uno mismo, la curiosidad por conocer y el afán de aprender, resolver dudas y perplejidades, combinar certezas y creencias, forjarse el carácter, preguntarse acerca de los porqués de las cosas.

Todas estas tareas humanas nacen fundamentalmente en el contexto familiar y se nutren de una fuente que destaca por encima de otras: la lectura. Dice el escritor argentino Jorge Luis Borges que el “verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo”. Nuestras escuelas tienen en la instrucción un objetivo fundamental y nuestros docentes tienen ante sí la ingente tarea de dirigir nuestras habilidades cognitivas hacia objetivos de aprendizaje y velar por el desarrollo adecuado de hábitos, emociones, destrezas y conductas – habilidades no cognitivas- que nos hagan mejores ciudadanos y mejores personas. En este ámbito, las reglas, la exigencia, el esfuerzo y, hay que decirlo, el cumplimiento del deber, tienen algo que ver con el ejercicio del modo imperativo.

No hay experiencia más gratificante que la de cerrar la última página de un libro y sentir que hemos aprendido algo. Y, esta experiencia es común a todos los lectores.

Coincido con Vargas Llosa en que, probablemente, sea aprender a leer lo más importante que nos ocurra en la vida.

Por ello, no me cansaré de alertar y de advertir que un mundo sin amor a los libros nos empobrece y merma nuestra cultura, y que la educación no puede suplir por sí sola esta carencia, por mucho que mejoren las técnicas para educar mejor, los padres seamos más conscientes de la envergadura de nuestra tarea, los sistemas educativos se hagan más sofisticados en objetivos, medios y recursos, y el acceso a la información esté cada vez más al alcance de todos.

Volver a leer es, en nuestro tiempo, una auténtica necesidad: la ficción nos permite aprender de otras vidas y conocer historias que, aunque tengamos la certeza de que jamás las viviremos, no nos resultan ajenas; escudriñar la condición humana, superar las rutinas cotidianas, aprender a ser mejores de lo que en realidad somos, concentrar la atención, reflexionar, abandonarse en lo que se lee, recuperar el sosiego, juzgar críticamente la realidad, entretenerse con lucidez y placer, estimular la imaginación y la fantasía, hacernos permeables al diálogo y a la amistad, prepararnos mejor para afrontar la infelicidad y comprobar también que ser felices es posible. Ojalá todos pudiéramos decir que hemos aprendido en casa –gracias al ejemplo de padres y madres, a su biblioteca, a su capacidad de fabular y a sus primeros relatos-, en la escuela, en el tiempo de ocio, junto a nuestros amigos y conocidos, el oficio de leer. Un oficio que nos permite reivindicar una vida cultural intensa en un mundo muy ocupado y, a menudo, frenético.

 

Mercedes de Esteban Villar
Directora del Instituto de Estudios Educativos y Sociales
Fundación Europea Sociedad y Educación
mesteban@sociedadyeducación.org

Imagen artículo: Licencia Creative Commons. Fireleaf