Aprender a convivir: Un aprendizaje relacional, necesario y permanente (II)

Convivir es un arte posible: exige –además de un equilibrio razonable entre las necesidades e intereses legítimos de cada parte– habilidades sociales y comunicativas. Esto implica expresar los sentimientos con generosidad, delicadeza y respeto y, por otra parte, escuchar de forma activa y atenta.

1. Escuelas de convivencia o convivir en la escuela

La escuela es el campo de ensayo para la socialización extra-familiar del niño. De su buena integración y de su cálida convivencia va a depender, en gran medida, su capacidad relacional para llegar a ser un ciudadano educado, cívico, activo, crítico, social y responsable.

“Aprender a conocer, a hacer, a convivir y a ser”, como proponía el Informe para la educación del siglo XXI, nos dibuja cuatro grandes metas irrenunciables y complementarias para construir todo el entramado educativo de los centros y de los programas, aunque sea necesario concretarlo en competencias, materias, horarios, niveles y organizaciones escolares eficientes. Si estos cuatro grandes ejes de la estrella polar educativa se tuviesen más presentes por parte de todos, no cabe duda de que tendríamos docentes, alumnado y familiar más orientados educativamente para colaborar.

Por el contrario, abundan centros educativos donde la palabra Comisión de Convivencia se concibe más para solucionar problemas y sancionar conductas disruptivas del alumnado con el reglamento de orden interno punitivo, que un órgano para planificar, estimular y promover la buena convivencia del centro.

Afortunadamente son también muchos los colegios públicos o privados que tienen un plan de convivencia focalizado en la educación en valores, en actividades generadoras de un buen clima escolar, en la atención a todos y a cada una de las personas del centro, en sociogramas, en evaluaciones integradas y periódicas por parte del equipo directivo y del Consejo Escolar.

Si todos asumen la responsabilidad de su papel o de su “partitura” en el conjunto, la convivencia fluye como un modesto concierto capaz de integrar y recuperar a quienes desafinan porque están aún aprendiendo.

La dirección y su equipo liderarán este flujo complejo de personas, aprendizajes y días, no sólo con inteligencia emocional, sino también con inteligencia social. Nunca es fácil, pero poner en marcha un musical motivador de aprendizaje, con adultos y niños, bien preparado, es un esfuerzo ilusionante, divertido y hermoso.

La convivencia en los centros de Educación Secundaria Obligatoria, con alumnado en fase de turbulencias adolescentes, se ha vuelto actualmente mucho más difícil y complicada, agravada por un entorno local multicultural poco integrado, por un mal uso de las nuevas tecnologías, por el exceso de permisividad familiar y por las contradicciones del propio sistema educativo: un retrato educativo movido y desenfocado, estereotipado en el imaginario colectivo por un reguero de malas noticias que saltan a los medios. Aunque la realidad estadística no sea tan cruda, sin duda el desgaste cotidiano producido por un exceso de situaciones disruptivas en el aula está contribuyendo al desgaste del profesorado y a la baja energía con que se buscan soluciones educativas sistémicas y conjuntas, en vez de culpabilizar a los demás estamentos. Si un centro prioriza la convivencia y trabaja en equipo, como ocurre en el fútbol, la evolución del juego cambia, se nota en los resultados y, no sin esfuerzo, se ganará el partido. Los centros que ponen en marcha proyectos conjuntos propios, metodologías activas, didácticas con inteligencias múltiples, aprendizaje-servicio, comunidades de aprendizaje, etcétera, serían un buen ejemplo de centros proactivos.

 

La razón natural de la convivencia va más allá de la simple quietud del orden impuesto: tiene el valor asociado del descubrimiento gradual del otro y de mantenerse mediante la participación en proyectos comunes, un método eficaz para trabajar con adolescentes y evitar o resolver los conflictos competitivos o latentes entre ellos.

No olvidemos que, a esta edad, importa mucho el “grupo de iguales” y el entorno más que el centro educativo. De aquí que, una buena educación para la convivencia desde pequeños favorece que los chicos y chicas elijan pandillas y grupos de amigos donde las relaciones interpersonales sean más enriquecedoras, positivas y horizontales. En esta etapa, como actividad extra-escolar libre y elegida, será clave, para consolidar la práctica de la convivencia autónoma y responsable, participar de forma activa en algún club juvenil comunitario, cultural, religioso, ecologista, deportivo musical o cívico.

Más tarde, superadas las fases educativas de nivel superior, el mundo laboral precisará también de personas que sepan trabajar en equipo, marcarse metas, ser eficientes, saber emprender y convivir en el tiempo o el espacio en el que desarrollan su labor. Alguien dirá que no parece imprescindible para una labor rutinaria, pero sí lo es para una labor humana, creativa y eficaz en la Sociedad del Conocimiento y del Aprendizaje.

2. La convivencia cívica: ciudades con talento

up3_ruta_convivir_intMás allá de los muros del hogar, de la escuela y de la empresa están las calles y plazas de la convivencia cívica: el barrio, el pueblo, la ciudad. Es allí donde todo lo aprendido se refleja en el día a día, en los espacios públicos, en los muros urbanos, en los transportes, en los servicios comunes. Si durante la etapa de la convivencia familiar y escolar se han puesto bien los cimientos, la convivencia cívica será más fácil. De aquí que los fundamentos de la Educación para la Ciudadanía sigan siendo tan válidos como estériles han sido los prejuicios con que se la ha combatido y desprestigiado. La calidad de la democracia, sin duda, depende fundamentalmente de la calidad de la educación y la cultura, de los cuatro pilares del aprendizaje-tesoro del informe Delors, especialmente, de la convivencia.

Las Ciudades con Talento serían aquellas que mejor gestionan sus recursos para ofrecer calidad de vida, lo que no sería viable sin saber convivir. Todo ello, fruto de una red invisible de valores compartidos, de actitudes cívicas o morales y del buen comportamiento de sus propios ciudadanos. Posiblemente, una ciudad nunca llegaría a alcanzar la excelencia unánime para interpretar colectivamente una buena sinfonía, pero tendría una masa crítica suficiente para promover programas sociales y culturales, para saber convivir –siguiendo nuestro relato simbólico– en un hermoso “festival de artes y música” callejera, con personas que se complementan y disfrutan de ser un grupo, vecinas de una colectividad dinámica, unida y civilizada. Ese es el propósito que nos mueve a seguir cooperando con los proyectos de ciudades educadoras, ciudades amigas de la infancia de UNICEF y promover, con quienes lo compartan, el programa de Ciudades con Talento.

 

Imagen portada: Licencia Creative Commons. Olga Pepe
Imagen artículo: Mariola Lorente Arroyo