Si es despotismo ilustrado, no es mi Educación

El periodista Adolfo Moreno nos ofrece una pincelada de la educación de la segunda mitad del siglo XVIII. En su novela "La gata y el ajedrez", desarrolla una trama política y educativa ambientada en la España de 2020 y narrada con el formato de las series.

Lograr terminar con la magia que para los críos significa el hecho de hallar algo novedoso es un desafío muy difícil, pero un reto necesario“. Algo así debieron pensar los ideólogos del sistema educativo que creó la Prusia absolutista, que posteriormente corrió como la pólvora siendo adaptado por los gobiernos de todo el mundo y que a día de hoy lleva más de doscientos años implantado en la gran mayoría de los países.

En la segunda mitad del siglo XVIII, el despotismo ilustrado trataba de controlar la propagación de las ideas de la Ilustración, impulsadas por figuras como la del filósofo y pedagogo Jean-Jacques Rousseau. Monarcas como el de Prusia contrarrestaban la fortaleza social de esos planteamientos progresistas con estrategias políticas que aunaban el paternalismo gubernamental y el espíritu del famoso lema “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. Con estos ingredientes surgió la creación de la escuela pública, obligatoria y gratuita, cuyo objetivo principal, dado el contexto histórico, era el de convertir niños en futuros buenos soldados para las guerras.

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El paradigma educativo prusiano fue adaptado por la mayoría de los Estados como política eficaz para siglos de conflictos bélicos. Aunque las guerras cesarían, el sistema seguía siendo muy útil para que cualquier ser humano entendiera desde pequeño que la vida funciona como una cadena de montaje, sin espacio para la creatividad. Disciplina y orden. Había que enseñar a leer para luego obtener empleados productivos. Había que puntuar de cero a diez los aprendizajes hegemónicos para que lo macabro tuviera la lógica de lo medible. Había que alabar las decisiones que tomaron otros para no incitar a tomar decisiones propias. Los ciudadanos libres molestaban.

Los niños tienen la mente abierta a lo nuevo, sin prejuicios. Su gran pasión es descubir. Son imaginativos, creativos. Son genios en potencia. Como muy bien se preguntan maestros y maestras en el documental La Educación Prohibida, ¿por qué, si a un adulto le gusta la ingeniería, a otro los deportes extremos y a otro pintar, el sistema obliga a nuestros críos a estudiar exactamente lo mismo? ¿Por qué cortamos el agua a unos cerebros esponjosos que ansían absorber?

En la Atenas clásica la escuela era obligatoria para los esclavos, mientras que los hombres libres se reunían en espacios púbicos de debate. Reflexión para los ciudadanos libres, instrucción para los que no lo eran. El miedo a las ideas de la Revolución francesa fue el motor de la Prusia absolutista para idear aquel novedoso paradigma educativo. Quizá, dada la parálisis generalizada, necesitamos también nosotros de un estimulante tan potente como el miedo para encontrar las energías en pos de una transformación así de necesaria: el miedo a proseguir en este camino al abismo al que parece encaminarse el mundo.

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No se trata de gobiernos de derechas o de izquierdas, se trata de reflexionar críticamente sobre un sistema educativo global e ineficaz que realiza lobectomías en los cerebros jóvenes. Es vital conceder verdadero poder ejecutivo a los expertos independientes y a los profesionales del sector para proponer el diseño de herramientas y metodologías que posibiliten el desarrollo de lo más valioso que tienen los niños y niñas: sus caras cuando curiosean y descubren algo nuevo. Algo que, al conocer de esta manera, nunca olvidan.

Adolfo Moreno es periodista y escritor. Autor de la novela política de trama educativa ‘La gata y el ajedrez’