La empresa como motor de cambio

Un empresa es, ante todo, una concentración de talento, y es lógico que este tema apareciera muy pronto en su agenda de preocupaciones. Hace cincuenta años, Peter Drucker afirmó: “Todas las empresas deben convertirse en organizaciones que aprenden y en organizaciones que enseñan. Las organizaciones y sociedades que se fundamentan en un aprendizaje permanente a todos los niveles, dominarán el siglo XXI."

Para todo problema complejo siempre hay una solución clara, simple y equivocada.

 

(

H.L. Mencken)

Tenemos que mejorar la educación. Los indicadores no son muy buenos y la sensación generalizada es que el sistema educativo necesita una reforma profunda. José Antonio Marina lo explica muy bien en su libro “Despertad al diplodocusy nos hace una propuesta concreta para solucionarlo en cinco años.

¿Qué pueden hacer las empresas?

Las empresas son uno de los motores del cambio. Primero porque a las empresas les preocupa la educación por la cuenta que les trae y segundo porque, como propone José Antonio, los centros educativos pueden beneficiarse mucho de los modelos de gestión y organización de las empresas más dinámicas y pioneras.

Pero hay una tercera cosa, para mi fundamental, que las empresas deberían hacer y que podría tener un gran impacto en el futuro de no solo la educación, sino también de nuestra sociedad y nuestra economía. Se trataría de definir los fines que debería pretender conseguir la educación. ¿Queremos ser una sociedad exitosa o una sociedad fracasada?

Quizá uno de los grandes errores del ecosistema educativo, y del campo económico del que la educación forma parte, es que las empresas necesitan una cosa y el sistema educativo produce otra. La evolución de las tecnologías, la globalización y la complejidad creciente de los problemas, han cambiado totalmente el entorno competitivo en el que las empresas desarrollan sus proyectos y de lo capaces que sean de adaptarse dependerá la viabilidad económica del modelo de sociedad que se elija. Cuando decimos que una empresa sea capaz de adaptarse hay que entender que es la gente que forma esa empresa la que debe ser capaz de adaptarse o evolucionar.

José Antonio, frente al entorno permanentemente cambiante que nos ofrece el futuro, lanza en su libro una idea genial a la que llama “ley de la probabilidad educativa”. El enunciado de la misma dice que cuando nos enfrentamos a problemas complejos no podemos pretender que nuestras acciones produzcan un resultado concreto pero lo que si podemos hacer es aumentar la probabilidad de que ocurra un fenómeno poniendo en marcha las fuerzas que pueden conducir a él.

Pero este gran hallazgo de clara inspiración cuántica, no debería limitarse a la educación, que la cumple, en cuanto se trata de un problema complejo sino que deberíamos ampliarlo a una “ley de la probabilidad de solución de los problemas complejos”, que podíamos decir, coincidiendo con H.L.Menken, que son todos los que incorporan al ser humano.

empresa

Respecto a la cuestión de qué tipo de profesionales deberíamos formar para el futuro, la ley de probabilidad se aplicaría recomendándonos una capacitación mucho más amplia que el modelo medieval actual, en el que desgraciadamente, se siguen enseñando oficios o conjuntos de reglas que se espera que sigamos aplicando incluso cuando la realidad nos este demostrando que no funcionan.

Creo que hace falta mucho más diálogo y entendimiento entre todas las partes interesadas para definir qué es lo que necesitamos. Creo que las empresas deberían hablar con padres, colegios, universidades y alumnos para ver en qué medida se está intentando incorporar en la educación aquellas cosas que luego echamos tanto de menos en la gente joven que se incorpora con nosotros y que, desde luego, son los que no tienen ninguna culpa. Por eso, aún a riesgo de que luego nos toque trabajar propongo que como parte de su “conspiración “Josée Antonio Marina se ofrezca a liderar un foro en el que se empiece a desarrollar este diálogo.

Para mí, el primer punto de la agenda, casi único punto, de la primera reunión de ese foro sería preguntarnos por cómo se están educando la actitud. De ella Winston Churchill dijo que era “una pequeña cosa que marcaba una gran diferencia”. Todos queremos jóvenes profesionales con carácter, que sean capaces de hacer suyos los proyectos y con capacidad de comprender que incluso haciendo las cosas que más nos gustan y nos motivan habrá partes de ellas más aburridas que exigirán que funcione nuestra voluntad y nuestra capacidad de sacrificio.

Creo que las empresas deberían hablar con padres, colegios, universidades y alumnos para ver en qué medida se está intentando incorporar en la educación aquellas cosas que luego echamos tanto de menos en la gente joven que se incorpora con nosotros y que, desde luego, son los que no tienen ninguna culpa.

Suponiendo que encontremos una persona con esa mezcla de motivación y voluntad que nos garantice el mínimo de ambición vital necesaria propongo dedicar las siguientes sesiones a debatir sobre los tres tipos de ambición que creo que, hoy en día, faltan en gran medida. La ambición profesional, la ambición intelectual y la ambición ética.

La ambición profesional está relacionada con el tamaño y la importancia que queremos dar a nuestro proyecto profesional y como estemos dispuestos a dejar que forme parte de nuestro proyecto vital. Cuando decimos que lo que pretendemos es que el trabajo interfiera lo menos posible en nuestra vida personal (suponiendo que esto fuera metafísicamente posible) estemos definiendo un bajo nivel de ambición profesional.

La ambición intelectual tiene que ver con nuestra inquietud por conocer y sobre todo por comprender como funciona y evoluciona el mundo. En la medida que seamos capaces de interesarnos por cosas variadas estaremos aumentando nuestras posibilidades de resolver problemas. Aquí la métrica es bastante sencilla, nuestra inquietud estará directamente definida por los libros que leamos y su variedad.

La ambición ética nos servirá de brújula para saber elegir los fines. Podemos tener unas grandes capacidades y una gran ambición profesional y usarlas mal como vemos en los medios de comunicación, todos los días.

De cómo funcionen y de a donde apunten esas brújulas depende nuestro futuro.

José Antonio, ¡Convócanos!

Santiago Satrústegui es Presidente de Abante Asesores