La ciudad, motor de innovación

Una Ciudad Educadora no se pone simplemente al servicio de la escuela. Considera que toda ciudad constituye a la vez un entorno educativo y un importante agente educativo, proporcionando continuamente contenidos educativos.

En 1961, la periodista norteamericana Jane Jacobs publicó un libro sobre las grandes ciudades americanas que fue criticado por muchos planeadores urbanos, indignados por el hecho de que una “amateur” interfiriese en una disciplina establecida. Su trabajo periodístico le había familiarizado con la vida en los distritos de la ciudad de Nueva York; le permitió conocer de primera mano lo que sucedía en la ciudad, cómo se trabajaba y cómo se relacionaba la gente en ella. Este hecho, unido a su interés por formarse en disciplinas diferentes, hizo posible que se acercase al problema de las grandes ciudades con ojos frescos, plasmando en su estudio una serie de ideas y acciones para mejorar la vida urbana, incluyendo el valor cultural y humano. Pese a la oposición de diferentes grupos y figuras del urbanismo de la época, el libro se mantiene como uno de los libros más influyentes de la historia del planeamiento urbano.

¿Y si la ciudad, como un entorno complejo en constante cambio, buscase transformarse para convertirse en motor del cambio educativo?

Frente a la planificación ordenada y homogénea que pretendía convertir a las ciudades en lo que no eran, Jacobs percibía en la vida urbana la belleza bajo un aparente caos, una vida propia que los urbanistas deben conocer y tener en cuenta a la hora de planear el desarrollo urbano. La forma en la que los moradores de la ciudad utilizan las aceras, de manera constante y multitudinaria, permite que haya siempre muchos ojos presentes, y eso garantiza la seguridad y la libertad. La diversidad de usos que se apoyan mutua y constantemente, tanto económica como socialmente, favorece el desarrollo de la ciudad. Las ciudades se contemplan en la obra de Jacobs como un inmenso laboratorio de ensayo y error, fracaso y éxito, para la construcción y el diseño urbano, por eso debemos aprender a mirarla y conocerla, y sobre todo comprenderla, para así contribuir a su mejora. Jacobs compara el orden implícito en las ciudades con una danza, un intrincado ballet donde cada uno de los bailarines y los conjuntos tienen papeles diversos que milagrosamente se refuerzan mutuamente y componen un conjunto ordenado. Esta danza de gente ocupando las calles y generando en la ciudad usos múltiples y diversos constituía su alma.

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Para Jacobs, debemos cambiar los modelos mentales que utilizamos para evaluar el mundo, apoyados por los métodos de la ciencia. Esta fue, a su juicio, una de las grandes revoluciones del siglo XX. Si utilizamos las estrategias de pensamiento adecuadas, podremos enfrentar los problemas de manera más eficaz. La lectura de un ensayo sobre Ciencia y Complejidad, escrito por Warren Weaver (1948), le llevó a darse cuenta de que, como las ciencias de la vida, las ciudades reflejaban un problema de complejidad organizada. El problema que constituye la ciudad en su conjunto no puede tratarse como un problema sencillo de dos variables; ni como un problema de complejidad desorganizada, porque bajo ese aparente caos existe un orden. Los problemas de complejidad organizada requieren tratar simultáneamente un numeroso conjunto de factores en conexión íntima, formando entre todos un todo orgánico. A juicio de Jacobs, pueden descomponerse las ciudades y analizarse en muchos problemas o segmentos de problemas relacionados unos con otros, interrelacionados en un todo orgánico.

Lo primero que tenemos que hacer es tratar de comprender a las ciudades. Cree Jacobs que los hábitos de pensamiento que debemos cultivar para entenderlas son los siguientes:

  1. pensar siempre en procesos.
  2. trabajar inductivamente, razonando de lo particular a lo general, y no al revés; es decir, aprendiendo de la experiencia y sacando lecciones y principios de ella.
  3. y,  buscar indicaciones o señales singulares, que impliquen cantidades muy pequeñas, que revelen la forma en que operan las cantidades mayores y más abundantes.

Una vez que entendemos lo que significa una ciudad, si tratamos sus problemas de manera sistémica, y ponemos en marcha las fuerzas adecuadas para mejorarlos, las ciudades pueden transformarse y dar lo mejor de ellas mismas.

¿Y si la ciudad, como un entorno complejo en constante cambio, buscase transformarse para convertirse en motor del cambio educativo? Ese cambio sería posible a través de pequeños cambios puestos en marcha en los diferentes entornos que forman parte de la misma, con idea de convertirse en una ciudad que aprende y que enseña a la vez. Implica conocer estos entornos, y también emplear su dinamismo para la consecución de un objetivo que movilice a toda la ciudadanía.

Esta idea ha estado presente desde el principio en nuestro proyecto “Ciudades con Talento”.  CT se considera heredera del movimiento de ciudades educadoras. Una Ciudad Educadora no se pone simplemente al servicio de la escuela. Considera que toda ciudad constituye a la vez un entorno educativo y un importante agente educativo, proporcionando continuamente contenidos educativos. El paradigma de la ciudad educadora constituye un proyecto compartido que pone la educación en el centro del debate cívico. CT aprovecha la experiencia de este movimiento para proponer su propia hoja de ruta para la mejora educativa de las ciudades.

BIBLIOGRAFÍA:

-Jacobs, Jane (1961, edición de 2012). “Muerte y vida de las grandes ciudades”. Madrid: Capitán Swing.

– Weaver, W. (1948). “Science and complexity”. American Scientist, 36: 536-544