Aprender a convivir: Un aprendizaje relacional, necesario y permanente (I)

Las personas somos seres sociables por supervivencia y por cultura. Estamos hechos para convivir pero, a tenor de los conflictos diarios de todo tipo y grado, no parece que hayamos aprendido aún las reglas más elementales de este juego de relaciones sociales tan esencialmente humano. Necesitamos convivir, pero pocas veces sabemos hacerlo del modo deseable.

Desde la pareja y la familia a la escuela, desde la empresa a la ciudad, desde los países a las civilizaciones, el arte de tejer –persona a persona– la convivencia parece tan laborioso que, el hecho de que se rompa y se reconstruya tantas veces, recordaría a la titánica epopeya mitológica del gigante Atlas, que sostiene el mundo, castigado –cual si fuera Sísifo– a elevarlo a la cima de la montaña máxima de la convivencia pacífica, a sabiendas de que, probablemente, rodará de nuevo.

Educar para convivir es educar para mejorar los entornos personales y sociales. Una acción ética que favorece la felicidad cotidiana y que, en última instancia, en la medida en que, por efecto de la educación y el desarrollo humano, se va extendiendo como mancha de aceite a más sociedades, aumenta el valor de la dignidad plena para la toda la humanidad.

Pero ¿se puede realmente aprender a convivir? ¿Debe proponerse como una meta explícita de la sociedad a todos los niveles o es el resultado esperable de aplicar, sin más, los programas del Sistema Educativo?

Recordemos que el “Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la educación para el siglo XXI presidida por Jacques Delors”, quien fuera presidente de la Comunidad Europea (1985-95), publicado bajo el título La educación encierra un tesoro, (1996), hablaba expresamente de desarrollar la educación como una actitud de aprendizaje para toda la vida basada en cuatro grandes pilares: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser.

Dado que la realidad es sistémica y compleja, y que estos cuatro fines, y las ocho competencias establecidas por Europa se refuerzan mediante las capacidades físicas, intelectuales, afectivas, éticas y sociales en diferentes entornos de aprendizaje, difícilmente podríamos desligar estas grandes metas unas de otras. Pero, por razones de análisis y eficacia, volveremos a centrarnos en la tercera de ellas para precisar: ¿Podemos aprender a mejorar la convivencia en la pareja, en la familia, en la escuela, en los grupos de trabajo y en los entornos sociales o locales? ¿Cuáles son los ejes comunes de una buena convivencia a todos estos niveles?

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Veamos antes una metáfora simbólica: el aprendizaje de la convivencia podría compararse con el aprendizaje de la música cuando se logra, finalmente, interpretar una composición, de forma fluida y natural, por parte de un conjunto de músicos, formen estos un grupo de jazz, un cuarteto de cámara o una orquesta sinfónica. Todos los miembros parecen de acuerdo en un fin, todos aportan y todos comparten un lenguaje, todos dan su expresión y reciben del otro. Son diferentes, pero están unidos por el ritmo, la melodía y la armonía del conjunto a fin de elevar un lenguaje, aparentemente frío, matemático, de notas en la partitura, a un nivel casi espiritual de significados emocionales. Llegar a tal nivel de dominio conjunto no sería posible sin amor a la música y sin mucho ensayo previo por parte de cada uno y por parte de todos. Pero, igual que ocurre en el proceso de la música para aprenderla de forma holística, didáctica y metódica, la convivencia de calidad con los “otros” se puede lograr cuanto más temprano comencemos nuestro “entrenamiento” interpersonal mediante interacciones amorosas y responsables, con habilidades personales y sociales precisas desde pequeños.

Pareja y familia: la convivencia más natural

Saber convivir en pareja no es fácil. Lo demuestra el alto índice de fracasos matrimoniales: uno de los problemas privados con mayores efectos públicos que hemos heredado del siglo XX. Las grandes expectativas del enamoramiento pueden producir rápidos desengaños cuando se convive. La creciente igualdad de la mujer y su autonomía personal no parece haberse correspondido con la asunción de nuevos roles por parte del hombre. El concepto de amor romántico e idealizado, para toda la vida, nada tiene que ver con el llamado amor líquido propio de la postmodernidad, que define Z. Bauman en su obra. La capacidad de mantener un difícil equilibrio entre la pasión, la amistad y el compromiso (básico en la pareja, según Richard Sternberg) parece imposible si no se ejercita el respeto y una buena comunicación. Comunicación que, a su vez, supone comprensión, escucha activa, empatía y un lenguaje preciso para evitar los malentendidos que oxidan la convivencia, a lo que habría que unir la capacidad de resolver juntos problemas cotidianos.  Aprender a convivir, no sólo desde la reflexión teórica, sino con ejemplos prácticos y con propuestas concretas, es el cometido de la Escuela de Parejas promovida por la Fundación Universidad de Padres. Aunque parezca delicado tratar temas que rozan el mundo de la intimidad, si la actitud de auto-análisis es reflexiva y proactiva por parte de ambos cónyuges, no culpabilizadora, el progreso en la convivencia será evidente.

En muchos casos, al nacer un hijo, la convivencia alcanzada entre la pareja puede desestabilizarse por la llegada del nuevo componente a la familia. Pero, como estudiamos en la Universidad de Padres es el momento de máxima felicidad y de asumir la responsabilidad compartida para aprender a educarlo. Un nuevo reto y una nueva promesa para mejorar la calidad de nuestra convivencia.

El niño comienza su largo aprendizaje vital por interacción afectiva con la madre y el padre. Un amor que comienza con las caricias físicas y afectivas, un proceso de transacciones emocionales nutricias que tendrá un reflejo preciso en las crecientes conexiones neuronales del cerebro infantil y que, si se estimula y modela desde un entorno formado por una pareja amorosa y responsable, capaz de dar ejemplo de convivencia, germinará –si no hay condicionantes genéticos contrarios en su temperamento – en una seguridad básica del hijo y en un autoconcepto positivo de sí mismo, asumiendo de forma natural el clima de convivencia vivido en el hogar con ternura, comunicación, normas y hábitos positivos. Porque, según nos confirma la ciencia y la experiencia, la clave para saber convivir con los otros va a depender, en gran medida, de la capacidad de saber estar a bien con uno mismo, con nuestro propio yo, consciente e inconscientemente. Mas ¿es esto posible a todas las edades y en todo momento o circunstancia? Seguro que no. Aún así, no olvidemos que, como los buenos músicos, el amor por su arte justifica el entrenamiento diario para saber hacerlo mejor cada día. Del mismo modo, el pensamiento positivo, las habilidades sociales en el niño, y los buenos hábitos son el resultado de enseñarle a mantener un diálogo interior constructivo y un saludable amor propio, compatible con un sentimiento de autocontrol y empatía con los demás.  El secreto está, como sabe cualquier buen profesional de la educación o de la música, en perseverar disfrutando de la misma, a base de lograr refuerzos positivos, superar errores con la práctica y confiar en nuestra capacidad para seguir aprendiendo.

Los requisitos básicos y comunes a cualquier grupo para una buena convivencia, según José Antonio Marina, recogidos en su libro Aprender a convivir, son el resultado de conjugar adecuadamente los binomios: autonomía-cooperación y comunicación-conexión afectiva. Del tal modo que, si los representamos –a modo de símbolo– como si fuera una mesa de cuatro patas (objeto cotidiano en torno al cual se reúne la familia) podríamos decir que, cuando uno de estos requisitos falta o se acorta, la mesa de la convivencia se desequilibra o se cae.

Aprender a convivir es posible si dotamos a los niños de los grandes recursos educacionales y, al mismo tiempo, les ayudamos a superar las dificultades que puede encontrar en su camino desde su infancia a la adolescencia, tal como venimos haciendo en la Universidad de Padres basándonos en nuestro modelo de Educación para el Talento.

El ensayo o entrenamiento cotidiano para aprender a convivir puede completarse con técnicas de inteligencia emocional en la práctica, de dinámica de grupos y con aportaciones de diferentes corrientes de psicología como el Análisis Transaccional propuesto por Eric Berne, que enunció los tres posibles “estados del yo” de la persona (padre, adulto y niño), las transacciones complementarias, cruzadas o ulteriores, los juegos psicológicos en la familia y la escuela y los guiones de vida.

Imagen artículo: Creative Commons Ivannel

Imagen portada: Creative Commons Nobara