¡A jugar!

Los niños aprenden mucho más jugando que estudiando, haciendo que mirando. El juego que hacen solos sin el control de los adultos es la forma cultural más alta que toca un niño. Los niños que han podido jugar bien y durante mucho tiempo serán adultos mejores

La mayoría de nosotros recordamos una época, no muy lejana, en la que los niños, cada tarde después del colegio y los fines de semana, salían a jugar a la calle. Bajaban al patio de su urbanización o se quedaban por su barrio, lejos de la atenta mirada de los adultos y sin que ningún monitor de tiempo libre les dijera qué hacer para divertirse. Los veranos, la libertad conquistada era casi absoluta, sobre todo quienes tenían la suerte de pasar las vacaciones en el pueblo. Desde el desayuno, las pandillas solo se disolvían momentáneamente para acudir a casa a comer, merendar y cenar. Las caídas de la bici, raspones en la rodilla o las discusiones entre amigos no suponían un gran problema. Eran una parte más -y muy necesaria- de la aventura de hacerse mayor.

Un tiempo que parece remoto e irrecuperable. En estos días de hiperprotección, ciudades atestadas de coches y bastante miedo colectivo, resulta impensable ver grupos de niños jugando solos por las calles.

Nada estimula más el cerebro que jugar.

En Universo UP ya hemos hablado de la importancia del juego libre para el desarrollo infantil, sin la presencia ni dirección por parte de adultos. En él se citan varios artículos, como este estudio de la Universidad de Colorado, en que se explica que el tiempo no organizado y no estructurado favorece el desarrollo de las funciones ejecutivas en los niños. Así es como aprendemos a auto-dirigirnos y a regular el propio comportamiento. Pero la sociedad actual parece ir en la dirección opuesta. Los niños cada vez tienen menos tiempo y espacios para estar solos y jugar por su cuenta.

La reducción del juego libre infantil tiene consecuencias importantes a nivel cognitivo y ya se aprecian repercusiones. El doctor Stuart Brown, psiquiatra y fundador del Instituto Nacional del Juego, cuenta el caso del Laboratorio de Propulsión de Jets (JPL) de la NASA, donde desde hace unos años venían notando que sus ingenieros más jóvenes tenían más dificultades que los mayores a la hora de resolver problemas y situaciones inesperadas, a pesar de que sus notas de la universidad eran impresionantes. Uno de los consultores del JPL, un mecánico que había dado clases de mecánica en un instituto, también había observado que sus alumnos cada vez eran menos capaces de solucionar problemas relativos a la reparación de vehículos. Hablando con los alumnos y preguntando sobre su vida e infancia, llegó a la conclusión de que la causa estaba en que de pequeños apenas habían practicado juego manual. En el JPL sucedía lo mismo. Quizá las nuevas generaciones poseían más títulos y mejores calificaciones, pero los ingenieros de más edad, sencillamente, habían jugado más de niños y eso les hacía ser mejores en su trabajo. Desde entonces, empezaron a incluir preguntas sobre la infancia de los candidatos en las entrevistas de trabajo.

 

 

Consciente de las implicaciones positivas y necesarias del acto de jugar para el desarrollo, el doctor Brown fundó el Instituto Nacional del Juego, donde se promueve la investigación científica del juego. Su objetivo es hacer del estudio científico del juego una disciplina que ayude a mejorar las vidas de las personas a nivel individual y social; cuyas conclusiones sirvan para mejorar el funcionamiento de organizaciones, familias y sobre todo el sistema educativo.

 

El Instituto Nacional del Juego libera el potencial humano mediante el juego en todas las etapas de la vida, empleando la ciencia para descubrir todo lo que jugar puede enseñarnos sobre la transformación del mundo.

No es nada nuevo que el juego constituye una función que el ser humano comparte con la mayoría de los mamíferos; uno de los elementos más básicos y fundamentales para el crecimiento y desarrollo. Jugando se entrenan las funciones necesarias para sobrevivir, ya sean cazar, huir o relacionarse con otras personas. El juego, la curiosidad y la exploración son las herramientas con que cuenta un niño (o un cachorro) para educarse a sí mismo; para aprender a vivir.

Jugando con otros niños, sin adultos que dicten reglas, aprendemos a socializar, a relacionarnos, a tomar decisiones, correr riesgos, asumir consecuencias, resolver conflictos, compartir, dialogar, ganar y perder, crear reglas y seguirlas, a cooperar… y, en definitiva, es como adquirimos las herramientas necesarias para la adultez. Al jugar libremente desarrollamos la imaginación, la autonomía, la motivación intrínseca, la creatividad, la gestión de las emociones y el auto-control. En palabras de Francesco Tonucci, “el juego da recursos para la vida.”

Sin embargo, desde la década de los años 50 y 60, el tiempo para jugar está sufriendo una reducción dramática. Lo advierte Peter Gray, experto en la función evolutiva del juego y autor de un blog de la revista Psychology Today, Freedom to learn, donde escribe acerca del juego como fundamento del aprendizaje.

 

 

Al tiempo que disminuyen las horas de juego libre, disminuye el nivel de empatía y creatividad en los niños y aumentan el narcisismo, la ansiedad y la depresión. Crece el número de adultos inmaduros e inadaptados.

Gray advierte de que hemos pasado a una visión escolarizada del desarrollo infantil, qué él considera errónea. Los niños no necesitan más horas de clase: necesitan más horas de juego. En esa idea coincide con el psicopedagogo y dibujante italiano Francesco Tonucci, que se dedica al estudio del pensamiento y el comportamiento infantil. Tonucci reivindica la libertad; menos deberes, más tiempo libre para descubrir el mundo. “Los pequeños no quieren estar recluidos en su habitación para jugar, ni en ludotecas, ni en todos esos espacios que construimos para que estén controlados. Lo que hace un niño controlado por un adulto es distinto de lo que hace solo. Los niños necesitan espacios donde, dentro de un clima de control social, ellos puedan hacen lo que quieran: pisar el césped, subirse a los árboles y jugar con las lagartijas.”

Los niños no necesitan tener todo su tiempo planificado, relleno de actividades estructuradas. No hace falta añadir elementos “educativos” al juego. Jugar enseña de por sí. Jugar es un fin en sí mismo; si juegas “para algo”, deja de ser un juego. También es necesario el aburrimiento.

Tenemos que devolver su valor pedagógico al juego. Muchos padres desearían ver a sus hijos jugando libres en la calle. Pero las condiciones deshumanizadas de la ciudad, la inseguridad y los horarios imposibles lo impiden.

Tonucci y Gray vuelven a coincidir en este sentido. La alternativa pasa por introducir modificaciones relevantes en nuestra forma de vida. Trabajando a nivel de barrio, tratando de aumentar la confianza entre vecinos, creando entornos seguros para jugar, con vigilancia pero sin intromisión, reducir los deberes, prohibir el tránsito de coches por ciertas calles durante unas horas… Hacer la ciudad habitable para los más pequeños, como sostiene Tonucci, padre de la iniciativa La ciudad de los niños. Se trata de un modelo de ciudad donde los niños puedan construir su autonomía, explorar, descubrir, aventurarse… donde las personas son más importantes que los vehículos. Una ciudad habitable para los más pequeños es un entorno mejor para todos.

A todos nosotros nos vendría bien volver a traer el juego a nuestras vidas, como nos recomendaba Stuart Brown al final de su charla. Nada estimula más el cerebro que jugar. Jugar nos hace más felices e inteligentes.

Para terminar, unos vídeos de animales jugando:
Baby Chimp, Tigers, and Wolf playing
Cute Lion Cubs Playing With Dad at Mogo Zoo
Baby Fainting Goats Meet Barn Chicken