La importancia de la motivación en el aprendizaje de los adolescentes

Motivar es despertar el interés por hacer algo, un término desgastado a veces por un uso simplista de la palabra asociada exclusivamente a la función didáctica para mantener la atención de los alumnos, pero ¿se puede educar a alguien si no tiene interés por saber? ¿Por qué asociamos la desmotivación por aprender al desinterés de los adolescentes por estudiar?

motivacion_intHe sido docente de alumnos de todas las edades en las etapas de enseñanza obligatoria, por tanto, también de muchos adolescentes. Jamás conocí a uno que no estuviese motivado por algún tema o afición que atrajese su interés, –no necesariamente por estudiar– pero estaba movido a hacer algo por ese afán particular.

Salvo en situaciones extremas de depresión o de problemas de sociabilidad, la motivación –entendida como el impulso para lograr una meta necesaria o deseada– siempre está presente, es inherente a la persona, porque todos queremos satisfacer, al menos, tres tipos de necesidades-deseos: cubrir las necesidades básicas para sobrevivir y el deseo de disfrutar; afectivos para sentirnos bien emocionalmente y vincularnos a otros; e intelectuales o prácticos para desarrollar nuestras capacidades y sentir que progresamos y somos reconocidos, dando sentido a nuestra vida y a la realidad.

Pero, si todos los adolescentes tienen necesidades comunes a cualquier persona, y motivaciones propias por algo en particular, y –además– demuestran gran capacidad para aprender lo que se proponen por ellos mismos ¿por qué muchos adolescentes no parecen estar motivados por estudiar y, en todo caso, lo hacen forzados por la familia y por los condicionantes del propio Sistema Educativo, con unos resultados generales más bien mediocres?

Sin duda , parece haber un desencuentro entre los deseos y las motivaciones  de los adolescentes y los modelos estandarizados de los sistemas de enseñanza regladas actuales, pero también de muchos modelos erróneos de crianza y educación familiar.

Como advierte José Antonio Marina en su última obra: El talento de los adolescentes” hay varios factores que están perjudicándolos seriamente:

  • Una concepción errónea de la adolescencia como una etapa turbulenta, inestable, desafiante e irresponsable. Visión desmontada actualmente por las nuevas aportaciones de la neurociencia que explican el rediseño de su cerebro a estas edades como una gran oportunidad.
  • Una infantilización innecesaria y perjudicial de los hijos, con la consiguiente sobreprotección familiar paternalista, que impide el crecimiento de su responsabilidad y su autonomía;
  • Un conformismo consumista que desconecta a los adolescentes cada vez más de los adultos y de la realidad a través del uso de la evasión digital excesiva (videojuegos, Internet,…);
  • Un desconocimiento del gran potencial de los adolescentes para aprender y de sus fortalezas si se confía en ellos, si se dialoga y se establecen conexiones afectivas, generándole expectativas, estimulando sus proyectos, su potencial creador y sus funciones ejecutivas.

El problema para conectar los canales de la motivación ejecutiva entre adolescentes, padres y profesores exige una de-construcción precisa y una reformulación urgente.

Todos estamos inmersos en un proceso vital de aprendizaje y precisamos potenciar para qué y cómo mantener activos esos canales de comunicación y esos centros de interés común para motivarlo, conscientes de que, en ese proyecto de superación personal y colectiva nos jugamos mucho, porque vivimos en un entorno futuro muy volátil, incierto, complejo y ambiguo. Para lograrlo, debemos seguir planteándonos la importancia de la motivación en el aprendizaje, más allá de la simplificación de reducirlo a conceptos simples y antagónicos de “escuela divertida” contra “escuela del esfuerzo”– y planificar estratégica y realmente cómo crear entornos educativos estimulantes en la familia y en la escuela, porque:

  • La sensación de pesimismo e impotencia educativa aumenta las dificultades y multiplica el fracaso acumulado.
  • Por el contrario, la confianza en los adolescentes les genera energía, posibilita su autorregulación, aumenta sus competencias y sus posibilidades, (aprendiendo de los errores, reforzando y reconociendo el esfuerzo y el éxito).
  • Porque son las experiencias de aprendizajes vitales positivas y emocionales las que, según los últimos estudios de la neurociencia educativa, modelan el propio cerebro de tal modo que lo que aprenden en esta etapa queda más firmemente asentado que en otras, contribuyendo al desarrollo de su personalidad.

Necesitamos una reformulación de la motivación partiendo de un nuevo concepto de los adolescentes. 

¿Hay o no hay desmotivación para aprender en la actualidad en la enseñanza? Veamos algunas perspectivas contrapuestas:

Según la creencia generalizada, los adolescentes están cada vez menos motivados por aprender en las aulas. Al menos, esta parece ser la opinión de los medios de comunicación y de muchos bienintencionados docentes de Educación Secundaria Obligatoria. Esta imagen negativa, cada vez más consolidada, redunda –a su vez– en una mayor desmotivación de los adolescentes por imitación generacional de comportamientos, y hace que la profecía negativa se cumpla. No negaremos este síntoma cuando determinadas encuestas nos indican que, en muchas aulas, se pierde hasta un treinta por ciento del tiempo en resolver situaciones disruptivas originadas por algunos alumnos desmotivados, interferencias que merman la tranquilidad del grupo, la eficacia didáctica y la labor normal de los enseñantes.

Pero este dato ¿es un síntoma del problema general educativo o una causa inherente a la propia etapa adolescente? ¿Qué ocurre, cuando no coinciden los intereses de los adolescentes y de sus profesores, los deseos intrínsecos de los propios alumnos con los objetivos del Sistema Educativo? ¿Qué pasa cuando se produce el desencuentro entre deseos, necesidades y motivaciones de los tres sectores clave: alumnos, padres y docentes? ¿O, entre las demandas de la sociedad y las ofertas de la propia administración educativa? ¿Cómo conciliar los respectivos intereses, motivaciones y deberes de cada estamento?

motivacion_int2Dos anécdotas podrían ilustrar los desajustes de la realidad, ambas ciertas y contadas por un buen amigo y profesor de un IES malagueño. En la primera, un exalumno reciente, con el que se encontró en la calle, le compadecía por la conflictividad en las aulas, habiendo asumido la creencia de que su recordado y amable instituto era ahora igual al de la inapropiada serie “Física y Química”, sin que hubiese cambiado básicamente el comportamiento de los alumnos que él había dejado tan solo dos años antes. En otra conversación, una chica y un chico inmigrantes, recién llegados a su aula, atentos, esforzados y con buenas notas, extrañados por la desmotivación generalizada de muchos alumnos nativos que no querían estudiar, le dijeron: “mis compañeros de aula, españoles, no saben lo que tienen, no valoran la importancia de estudiar para poder vivir mejor”.

Cuando la imagen negativa de una persona o de un grupo local o generacional de personas se impone, parece más “real” el reflejo de esa imagen en el espejo mental que la realidad misma. Cuando no se ajustan las necesidades reales y las motivaciones ejecutivas de unos y otros, todos perdemos.

Necesitamos, como decía antes, una reformulación de la motivación partiendo de un nuevo concepto de los adolescentes. Conocer sus cambios neuronales, de forma objetiva y positiva, nos demuestra el gran potencial que tendría aprovechar esa fase “funcional y adaptativa” como ha indicado la neurocientífica B. J. Casey.

El reto está en dibujar un nuevo mapa conceptual educativo con fundamentos rigurosos y recursos prácticos, a fin de reorientar cuestiones clave como la motivación de los adolescentes para aprender (qué y cómo), porque –realmente– es muy difícil enseñar a alguien que no quiere aprender. Y, por supuesto, apoyarnos en la “neuro-educación” afectiva que liga los estudios neurobiológicos con la psicología de la personalidad y de las emociones. También tendremos que contar con el adolescente y con su grupo de iguales, para reorientar su conciencia del deber colectivo y personal, su sentido de la vida.

La nueva Educación necesita de toda la tribu, pero la nueva Escuela han de construirse desde dos cimientos básicos: la formación parental o familiar, desde los primeros años de sus hijos, como promueve la Universidad de Padres; y la reformulación de la formación docente más fundamentada en la neurociencia y en las buenas prácticas didácticas. Mientras tanto, en cada hogar, en cada aula, aprovechemos el gran potencial de nuestros hijos o alumnos adolescentes para comunicarnos mejor con ellos, conectar con vinculación afectiva, con exigencia y estímulos, con límites y expectativas, con el desarrollo de su inteligencia ejecutiva que aumente su talento.

Conscientes ya de la importancia de saber despertar el interés e inculcarles el valor del deber, en el siguiente artículo ofreceré consejos y propuestas prácticas para aumentarla la motivación en los adolescentes, tanto en la familia como en el aula.

Pedro Molino es tutor de la Universidad de Padres.