Secuelas de la sobreprotección

Natalia Barcáiztegui, economista, se dedica desde hace 8 años a la Formación de alumnos de Bachillerato en el Highlands School de Sevilla, .expone unas pequeñas reflexiones sobre el modelo familiar proteccionista.

Partimos de la premisa de que la personalidad no es algo determinado en el código genético, sino que es fruto de su educación. El clima social en el que un individuo crece, desempeña un papel fundamental en la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo. La familia es el primer contexto del individuo y el principal responsable de la educación de sus hijos, deber que no puede delegar y al que no cabe renunciar.

La familia evoluciona en función de los cambios socioeconómicos y culturales. Se ha pasado de un modelo menos afectivo y duro a la hora de corregir la falta de responsabilidad del niño, a un modelo familiar y social hiperprotector.

En el modelo superprotector a los adolescentes se les quita todo tipo de responsabilidad y creamos una zona de seguridad a su alrededor, con intención de protegerlos frente a una sociedad que consideramos peligrosa.

Los adultos sustituyen continuamente a los jóvenes intentando eliminar cualquier dificultad, para evitar que su estabilidad emocional sea dañada: llevarles a cualquier sitio de la forma más cómoda; reponer lo que pierden sin dilación; ayudar en las tareas escolares para evitar que queden mal y sufran; desautorizar a un profesor si les llama la atención… Los hijos se vuelven inseguros de sí mismos y de sus propias capacidades.

Se ha demostrado que la familia que evita responsabilidades favorece el desarrollo de trastornos psicológicos en la adolescencia, de tipo ansioso, obsesivo, fóbico, depresivo y alimentario.

“Con las mejores intenciones se obtienen, la mayoría de las veces, los peores efectos”. (Oscar Wilde)

Piaget afirma que el joven sólo es capaz de conocer el mundo y sus propias capacidades, a través de la experiencia de obstáculos superados, realizando sus propias acciones y soportando sus efectos. De este modo podrá confiar en sus propios recursos, anticipar situaciones para afrontar las diferentes circunstancias de la vida y lograr un equilibrio psicológico reforzando la autoestima a través de las experiencias personales.

A menudo, los padres, con las mejores intenciones, intentan facilitar a sus hijos sus propios mapas mentales confeccionados con creencias maduradas a lo largo de su vida. Olvidan que ellos han necesitado las enseñanzas de sus experiencias vitales. La excesiva intervención paterna, no deja que el adolescente se enfrente a los obstáculos de la vida que van a permitirle confiar en sus propias capacidades y construir el conjunto de pensamientos e ideas que guiará sus acciones futuras.

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Los cambios socioeconómicos y culturales, favorecen la implantación de este modelo familiar

  • La disminución del número de hijos hace que la atención familiar se concentre en ellos y el aumento desempleo los retiene en casa más tiempo retrasando la autonomía necesaria para convertirse en adulto, en una sociedad en la que el placer y el bienestar son la guía de conducta.

Por otra parte se difunde la idea de que para educar hay que aplicar un método permisivo sin ninguna intervención punitiva, que pudiera generar estrés y frustraciones traumáticas. Sin embargo se demuestra que las familias en las que se permite premiar o sancionar acciones, los hijos poseen una estabilidad emocional más sólida y segura, respecto a los hijos de las familias en las que existe un clima permisivo.

  • El mayor número de mujeres en el mercado laboral implica una menor presencia en el hogar y un aumento de su carga de trabajo. Esto provoca un excesivo sentido de culpabilidad ante cualquier problema de los hijos que lleva a los padres a centrarse en cubrir de atenciones afectivas al hijo. Me remito al análisis que realizaba en mi post sobre Conciliación laboral (haz clic en el anexo).
  • Prolifera una búsqueda de la amistad entre padres e hijos, cuando realmente se trata de roles diferentes. Al no saber imponerse cuando hace falta, los hijos no encuentran puntos de referencia seguros, y los buscarán en otro lugar. Esta es la fuente de muchos problemas, clínicos o sociales, del adolescente moderno.

La familia debe reinventar sus métodos y lo primero es saber que tenemos que formar personas del siglo XXI

Nuestros hijos se manejan en unos parámetros desconocidos para nosotros. Los cambios tecnológicos han provocado cambios sociales y conductuales, cambios en las maneras de comunicarse y relacionarse, en la forma de pensar y de aprender. Se ha creado una nueva forma de entender el mundo, por lo que se exige una nueva forma de educar. Conozco de primera mano, por razones personales y profesionales, características que se dan en buena parte de la juventud actual. Las hay muy positivas y otras no tanto.

Permítanme un análisis crítico partiendo de que toda generalización es injusta. Pero déjenme llevarlo a cabo a fin de que concluya apuntando algunos retos que indudablemente hay que afrontar:

  • Los jóvenes de hoy tienen gran facilidad para procesar información a través de diferentes canales, pero son poco reflexivos y con poca capacidad crítica. Por eso resultan muy vulnerables y fácilmente manipulables.
  • Todo es muy intuitivo y ante cualquier dificultad, se impacientan y se bloquean.
  • Tienen muy poco en cuenta las repercusiones y el alcance de sus acciones en un mundo intercomunicado. Al caer en continuos errores tienden a desanimarse y hay que motivar Les cuesta mucho el esfuerzo.
  • No tienen un planteamiento intelectual sólido y por ello responden ante impresiones, ante una fuerte carga afectiva y emotiva.

Es necesario desarrollar hábitos, que ayuden a que los valores interiorizados se traduzcan en comportamientos externos sanos y estables.

Los padres deben orientar y prevenir a los hijos para que sepan enfrentar situaciones donde puede haber riesgo. Hay que plantearse a qué queremos exponer a nuestros hijos (ocio, amistades, medios de comunicación…) pero no se puede tener un control de todas las situaciones. Es necesario fortalecer la voluntad renunciando a la satisfacción inmediata, cultivando su autonomía y madurez.

Lo más importante es recordar que para educar bien es necesario amar, que formamos con nuestro ejemplo y debemos ser siempre coherentes con nuestras propias convicciones.

Artículo de Natalia Barcáiztegui, Economista, se dedica a la Formación de alumnos de Bachillerato, Highlands School Sevilla.

Artículo publicado en el blog de José Iribas