Árboles y libros para educar la curiosidad

Los hombres le damos un uso práctico a los vegetales desde hace miles de años. Nos sirven de alimento y de medicina, los usamos en la construcción y en los tejidos… Pero estamos ligados a ellos a niveles más profundos. La primera gran revolución que vivimos —la cultural— se produjo cuando plantamos el primer grano de maíz; y hemos sabido crear belleza a través de los jardines. Al mismo tiempo, hemos sido testimonios de luchas de poder originadas por flores… Sin olvidar la dimensión religiosa que ciertas culturas han encontrado en árboles, plantas y flores.

Hay quien dice que escribir un libro es como tener un hijo.

Yo no estoy de acuerdo; creo que no debe de haber nada como tener un hijo (… pero tenerlo bien, ojo: con el esfuerzo de la hortelana que mima y educa a sus frutales, para que den fruto bueno). Plantar árboles y escribir libros es estupendo, pero sin hijos que lean los segundos a la sombra de los primeros, qué triste futuro nos espera.

Con todo, árboles y libros sí pueden ayudar en la tarea de “tener bien” a las generaciones en proceso de maduración.

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He tenido ocasión de reflexionar sobre ello últimamente, pues hace poco se ha editado un libro con mi nombre en la cubierta; a su lado, el de José Antonio Marina, productor del proyecto en que se enmarca el volumen, y cuyo apoyo ha permitido el nacimiento de esta criatura de papel impreso, bautizada como “La Invención del Reino Vegetal”.

A las pocas semanas del lanzamiento, me llaman desde mi antiguo colegio para invitarme a dar una charla sobre el libro, a estudiantes de 2º de Bachillerato. Acepto encantada, plenamente consciente de que quizás esta sea la presentación más importante que haya hecho, puesto que no quieren que hable sólo del libro: me han llamado como posible fuente de inspiración para muchachos que se enfrentan a un futuro incierto.

Me parece fetén que se escoja a alguien que se dedica a la literatura —ocupación generalmente lejos de la fama y la fortuna— como fuente de inspiración para jóvenes. Pero, claro, se trataba de un papel para el que no estaba preparada.

¿Hablar de mi libro? Después de tanta entrevista, ya le he ido cogiendo el tranquillo, y logro enrollarme con cierta elegancia. Sin embargo, aquí el discurso ‘ensayado’ no me servía.

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Para colmo, no es un libro que se venda solo, y menos entre la juventud; tampoco tiene un público ‘natural’ y bien definido: si le preguntas a alguien cuáles son sus intereses, nadie va a responder, “me apasiona leer sobre cómo nos hemos relacionado culturalmente con los vegetales; es un pasatiempo fascinante, además de tremendamente educativo.” Y si alguien contesta eso, es probable que su interlocutor salga corriendo en dirección opuesta —y más si tiene 17 años—.

Con todo, sí creo que un libro puede ser educativo, y fascinante a la vez: un edutainment, feliz vástago lingüístico que descubrí hace poco, nacido de la education y el entertainment. Quizás sólo los libros edutaining son capaces de calar en la consciencia de quien lee, y estimular su curiosidad, su entusiasmo por implicarse con la realidad que le rodea.

Al tener que preparar aquella charla, me vi obligada a reflexionar sobre estas cuestiones. ¿Qué puede aportar mi libro al mundo de un casi-adulto? Más allá de los conceptos, de las historias concretas de plantas y la inteligencia humana, ¿qué virtudes ensalza, a qué reflexiones puede invitar su lectura?

Las conclusiones a las que he llegado son las siguientes:

– Un libro, con su mera presencia, habla de esfuerzo. El mío, además, habla de un compromiso con la veracidad: no basta con ensartar frases rimbombantes y tirar del efecto abracadabra para asombrar al público. Hay que hablar de bibliografía, de honestidad intelectual. Subrayar que cada nuevo descubrimiento, nueva idea, nueva información, igual puede confirmar nuestras hipótesis narrativas, o obligarnos a cuestionarlo todo de arriba a abajo.

– Un libro que parte de una pregunta filosófica, ¿Quienes somos?, debe mantenerse fiel a su vocación de generar más preguntas. Debe ser una invitación a la curiosidad, hacerle cosquillas intelectuales al que lee —pero, siendo una reflexión filosófica, y aspirando mi filosofía a la ética de la eudaimonía, las cosquillas no pueden quedarse en el cerebro, sino que tienen que bajar al corazón.

– Un libro como el mío debe sorprender, desconcertar, descolocar a quien lo lee. Tras su lectura, la mirada debería ser más crítica, menos dispuesta a permanecer en la superficie de las cosas; debería tener ganas de zambullirse en las historias agazapadas en cada planta o sustancia vegetal con que se tropieza a diario—o, como mínimo, ser consciente de que las historias están ahí, se decida o no explorarlas.

– Tras la lectura de un libro como el mío, no debería verse, ni tratarse, el mundo de la misma forma. Somos despistados, sin querer o a propósito, en nuestras relaciones, y aquellas establecidas con las plantas no son una excepción. Así, el libro quiere ser un toque de atención: tú eres responsable de tus relaciones con el medio. Si te comes una manzana, eres responsable de tu elección; si usas papel reciclado, eres responsable de tu elección; si quemas un huerto, si dibujas una flor, si compras un collar de ámbar, si tomas una aspirina… la responsabilidad, para lo bueno y para lo malo, es tuya.

Un libro que parte de una pregunta filosófica, ¿Quienes somos?

Dicen que los árboles son una muestra de fe, una apuesta por el futuro; uno no planta un árbol sin implicarse, al menos un poco, con el suelo en que lo entierra. Si conseguimos que nuestros hijos lean buenos libros a la sombra de nuestros árboles, sembrando en su mirada la curiosidad científica, la pasión estética, la búsqueda de significado, la implicación ética con el mundo… creo que plantarán, a su vez, más árboles de esperanza, y escribirán más buenos libros.

Y será un mundo mejor!

PD. La charla en el colegio fue fenomenal; sólo espero que los chicos lo pasasen tan bien como yo.

Aina S. Erice, estudió Biología en la Universitat de les Illes Balears donde también realizó una maestría en Biología de las Plantas en Condiciones Mediterráneas.

ainaserice.com

Fotografías: Aina S. Erice