Más allá de la inteligencia emocional

Durante siglos se ha considerado que la función principal de la inteligencia era conocer, y su culminación era la ciencia. De esa manera, se excluía de los tratados sobre inteligencia el tema de las emociones. En la pugna entre razón y emoción, ganaba la razón. De unos años a esta parte la inteligencia emocional y el aprendizaje social están siendo aplicados en empresas, grandes corporaciones y en los sistemas educativos.

A partir de los años 80 las cosas comenzaron a cambiar. Se reconoció que los sentimientos, las pasiones, las emociones formaban parte fundamental de nuestras vidas y no podíamos excluirlas del campo de la inteligencia. En ese momento aparece por primera vez el término Inteligencia Emocional haciendo alusión a la habilidad para identificar el estado emocional propio y ajeno y regularlo con el fin de orientar el comportamiento y facilitar el proceso de pensamiento.

Desde este punto de vista, razón y emoción se equilibrarían y se tomarían como elementos complementarios que se enriquecen mutuamente y de cuya interacción se derivarían los mejores resultados.

En la Universidad de Padres creemos que hay que ir más allá de la inteligencia emocional. La función principal de la inteligencia es dirigir bien el comportamiento para adaptarse al medio, satisfacer las necesidades, convivir, fijar y realizar metas. Para hacerlo bien necesita aprender, manejar la información necesaria y gestionar bien las emociones. Esto supone la existencia de un “director de orquesta”, que sepa armonizar funciones muy diferentes, al que denominamos Inteligencia Ejecutiva. Desde esta teoría entendemos que la inteligencia humana está organizada en dos niveles. Por una parte la inteligencia ejecutiva, consciente y voluntaria y cuyo fin principal es dirigir y organizar nuestros pasos para conseguir los objetivos propuestos y la mejor adaptación al entorno. Y, por otra parte, contaríamos con una inteligencia computacional o generadora de origen inconsciente en la que se almacena conocimiento, se generan recuerdos, ideas, emociones… y que es controlada (hasta cierto punto) por la inteligencia ejecutiva. La Inteligencia Emocional por tanto sería tenida en cuenta desde nuestra perspectiva como una competencia más dentro de las funciones de la Inteligencia ejecutiva. Se encargaría de la autorregulación de los impulsos, los deseos y las emociones.

Herederos de RowanEste modelo amplía el terreno de la educación emocional, porque lo sitúa en tres niveles:

  1. Adquisición de buenos hábitos emocionales. Las emociones emergen de la inteligencia generadora. Tienen un base neuronal -por eso las emociones básicas son comunes en todas las culturas- que es después modificada por la educación y la experiencia. Cada niño nace con un “temperamento” definido, que es el conjunto de pautas estables para responder a estímulos afectivos. A partir de ahí “aprende” su estilo afectivo, adquiere hábitos emocionales. Por ejemplo, puede aprender el miedo, la agresividad, la insociabilidad, o todo lo contrario. Esto señala un gran objetivo educativo: ayudar a que cada niño adquiera buenos hábitos emocionales. En la Universidad de Padres hemos identificado los siguientes:
    • Actividad frente a pasividad
    • Seguridad frente a inseguridad
    • Autonomía frente a dependencia
    • Optimismo frente a pesimismo
    • Sociabilidad frente a insociabilidad
    • Valentía frente a cobardía
    • Creatividad frente a rutina
    • Responsabilidad frente a irresponsabilidad
    • Resistencia frente a vulnerabilidad
    • Tenacidad frente a inconstancia
  2. Cambio de los hábitos emocionales cuando son inadecuados. A eso se dedican las técnicas de reeducación emocional, de cambio de esquemas, o las diferentes terapias.
  3. Educación de los sistemas ejecutivos que dirigen el paso de la emoción a la acción y que gestionan las emociones para que ayuden a conseguir las metas que la persona se propone.

Este modelo integra y supera los modelos existentes, porque en estos, la intervención en el mundo emocional se produce una vez estaban instaurados los esquemas cognitivos, emocionales y conductuales disfuncionales responsables del malestar o de la mala adaptación. Nuestro modelo va más allá. Abordamos no sólo la intervención cuando ha aparecido el problema, sino también la educación de la inteligencia generadora con el objetivo de hacer prevención y consiguiendo, por tanto, unas emociones más positivas y proactivas que actúen como factores de protección. Por lo tanto, buscaremos educar para conseguir niños con una buena autorregulación emocional y por ello tolerantes a las emociones negativas, capaces de perseverar en sus objetivos a pesar de las interferencias o el cansancio, con la habilidad de entusiasmarse y motivarse con las cosas y embarcarse en nuevos proyectos, con una buena imagen de sí mismos y con los recursos suficientes para afrontar de forma activa los problemas además de unas buenas habilidades de relación.
En resumen, la inteligencia ejecutiva aplicada al campo de las emociones nos ayuda a ser personas con afán de superarse, mayor seguridad y autonomía, con unos objetivos vitales más claros y un estado de ánimo más proactivo y positivo y una resistencia especial ante las dificultades así como una mayor flexibilidad y capacidad de adaptación.